Curiosidades etimológicas: Capilar

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Carótida interna y arterias vertebrales. En Anatomy of the Human Body, Henry Gray, anatomista ingles, 1918. Ilustración de Henry Vandyke Carter.          Archivo: Gray’s Anatomylámina 513

CAPILAR

Capilar en el Sistema Circulatorio es cada uno de los vasos sanguíneos muy finos, permeables, que enlazan en el organismo las circulaciones arterial y venosa, formando redes que penetran en el interior de todos los tejidos y, a su nivel, tiene lugar el intercambio gaseoso. No hay duda de que capilar es un término que se refiere al cabello, pero ¿qué tienen que ver los vasos sanguíneos con el pelo? La Ciencia Etimológica nos lo explica, en cuyo estudio encontramos dos curiosidades, una la del origen primario del término y otra la de su evolución semántica.

Respecto al origen etimológico de capilar existen varias teorías. Lo más probable es que proceda de la voz latina capillaris, “relativo al cabello” o en su forma neutra capillare, “loción, producto, cosmético”, especialmente pomada, usado para el cabello y “cualquier cosa del grosor de un cabello”. Según esta teoría, capillaris se formó con la palabra capillus,“cabello, pelo de la cabeza” y el sufijo –aris, una disimilación de -alis, que denota adjetivos de relación. No obstante, algunos autores consideran a capillus como una contracción de capo, derivado de caput, “cabeza” y pilus, “pelo”, resultando una etimología muy creíble, pero esto no es posible ya que ni la fonética ni la ll germinada se corresponden. Otros lingüistas ven en capillus un simple derivado diminutivo de caput, “cabeza” y otros, que nada tiene que ver con “cabeza” toda vez que el término cabello es distinto en cada lengua indoeuropea, a pesar de que caput está íntimamente relacionada con la raíz indoeuropea kaput, “cabeza”. Casi todas esas teorías coinciden en que capilar procede de capillus, “cabello”, independientemente de cómo se formara este término, que produjo capillaris, “relativo al cabello”.

Pero como se pasó de esta acepción de capillaris a la de “capilar: vena”. Esta fue adoptada por metonimia de la forma del cabello, pero no en nuestro idioma sino en la propia lengua madre, ya que su valor como “fino vaso sanguíneo” está documentado en el latín medieval del siglo XII, en la Anatomía porci o Anatomía Cophonis, atribuida al profesor en Salerno Copho, basada en fuentes árabes, con el término capillares venae, “venas capilares”. Se trata de una traducción del árabe, que empleaba la palabra pilosos para los “vasos sanguíneos”. Pero esta metáfora no es invento de los árabes, más bien de los griegos, pues la emplearon traduciendo a Galeno (siglo II a.C.), que denominaba a estos conductos sanguíneos trikhoeidés phléps, “vena con aspecto de cabello”, “vena capilar”.

En definitiva, los griegos inventaron la acepción capilar en referencia a las venas, pasó a los árabes, de estos al latín medieval, donde se documenta en el siglo XII y de aquí a los idiomas modernos. Se menciona en la obra Lilium medicinae del médico occitano Bernardo de Gordonio en el siglo XV, siendo el español, a mediados de este siglo, el primer idioma en que figura capilar para designar un tipo determinado de vaso sanguíneo, muy fino, que enlaza las arterias y las venas.

El capilar como tubo

Capilar, por metonimia de forma, adquirió el valor de tubo muy estrecho como el cabello. Se trata de un tubo vertical de vidrio, de radio interior del tamaño de fracciones de milímetro, de tal forma que al introducir uno de sus extremos en un líquido este asciende hasta alcanzar una altura, que depende de la tensión superficial del líquido, de su densidad y del diámetro del tubo.

Asimismo, por metonimia funcional, capilar pasó a designar el “fenómeno producido por la capilaridad”.

Bibliografía  

  1. Lilium medicinae de Bernardo de Gordonio,  Napoles, 1480.
  2. Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico. J. Corominas –  J. A. Pascual, Ed. Gredos, Madrid, 1980.

 

CURIOSIDADES ETIMOLÓGICAS: CADERA

CADERA

CADERA

         Que la palabra cadera, conocida normalmente por designar la región del cuerpo humano y de algunos cuadrúpedos formada por cada una de las dos partes salientes a los lados del cuerpo por los huesos superiores de la pelvis, derive de silla es un tanto extraño. También resultan extraños sus otros significados, tan dispares como “silla” en referencia al mueble para sentarse, “nalga” en lenguaje vulgar y “coxa” o primera pieza de la pata de un insecto en Zoología.

La extrañeza se disipa y se convierte en curiosidad cuando acudimos a la Ciencia Etimológica para desvelar el origen de esta palabra polisémica y de sus diferentes valores, adquiridos por el simple fenómeno de la metonimia.

En efecto, algunos lingüistas encuentran el origen de la palabra cadera en el latín quaterna, “cuarta parte”, pero lo más probable es que proceda de la denominación del objeto donde se apoya uno al sentarse, la “silla”, como era conocida esa parte de la anatomía humana en el medioevo. En tal sentido Corominas apunta que fue tomada del latín vulgar cathégra,variante del latín cathédra, “silla de brazos”, a su vez préstamo del griego antiguo kathédra,“lo que sirve para sentarse”, “asiento”, “trasero”, formado por el prefijo katá-, “movimiento de arriba abajo”  y el sustantivo hédra, “superficie plana, superficie para asentar algo”, “asiento”. Cathédra entró en el castellano por dos vías, una patrimonial produciendo cadera  y otra culta produciendo cátedra.

Por la vía culta cathédra formó cátedra con el sentido de “asiento de brazos”, “puesto fijo”, derivado de la costumbre existente en la Roma antigua de que los profesores impartían sus enseñanzas sentados en un sillón de brazos, conocido como cathédra, mientras que los alumnos lo hacían en un banquillo, denominado  subsellium. Después por metonimia funcional, evolucionaría hasta aplicarse también a la “condición docente” y más modernamente al “puesto de trabajo de un catedrático, desde donde dirige un departamento docente auxiliado por otros profesores”.

Por la vía patrimonial, cathédra formó en el castellano antiguo cádera con la acepción etimológica de “silla”, “trono”, “banco y silla con respaldo y brazos para recostarse”. La variante cadira fue usual en castellano hasta mediados del siglo XVI, como aparece en los Orígenes del Español, estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo XI, de Ramón Menéndez Pidal. Asimismo significan “trono”: cadeíra en el gallego antiguo, cadiara en el alto aragonés y, con cambio de sufijo, cadiella en el aragonés. El salto a su sentido moderno de cadera, para definir los “huesos superiores de la pelvis”, tuvo lugar en el siglo XIV, por metonimia, ya que al sentarse estos huesos forman una estructura que se asemeja a una silla de brazos. La primera documentación en tal sentido se encuentra en el Libro del Buen Amor de  hacia 1330, obra de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.

La cadera en Zoología

En Zoología, a los artejos o segmentos de la pata de los artrópodos, por equiparación con los distintos huesos de la pierna del cuerpo humano, se les ha dado los mismos nombres. Así, el artejo que une el fémur con el tórax del insecto, se puede equiparar al hueso que une el fémur con el tronco humano, recibiendo el mismo nombre de cadera o coxa. Curiosamente, aunque existe la voz latina coxa con el valor de “cadera”, esta es el origen de “cojo”, a través del latín vulgar coxus.

En Veterinaria se conoce como Mal de caderas a una enfermedad que nada tiene que ver con las los huesos salientes correspondientes a las caderas del animal, sino a una enfermedad que a veces sufren los caballos cuyo síntoma principal es una gran debilidad en el cuarto trasero, que puede llegar a convertirse en parálisis, terminando la mayoría de las veces con la muerte del cuadrúpedo.

Las caderas nalga y mujer

En lenguaje vulgar cadera tomó el significado de “nalga” por trasnominación metonímica de contacto. Aparece en las Sátiras del poeta latino Juvenal (siglos I y II d.C.), donde se le da la nueva acepción de “mujer” por el  tropo de la sinécdoque al tomar el todo por la parte.

Bibliografía

Orígenes del Español, estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo XI, Ramón Menéndez Pidal Madrid, 1926, 165.

Libro del Buen Amor de  hacia 1330 (J. Ruiz, 432 d) de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita.

–  Sátiras de Juvenal, 6, 90.