Conferencia basada en el libro: “GÉNESIS Y HERENCIA DE LA ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA”

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 Acto Conmemorativo del 2º Centenario de creación de la Academia Militar de Sevilla, organizado por la UNAMU, Delegación de Sevilla,

             Los hechos y las circunstancias que rodearon la génesis y creación de la Academia Militar de Sevilla en 1809 constituyen una historia de guerra, de amor, de heroísmo, de patriotismo, de intrigas, de lealtades, de traiciones, de tesón y de superación, dignas de un guión que podría titularse con una sola palabra:  “HONOR”

Honor del Real Colegio de Artillería de Segovia, que con su experiencia docente posibilitó la idea de su primer profesor, el Teniente Coronel D. Mariano Gil de Bernabé, de crear una Academia Militar de carácter general que pudiera formar oficiales de urgencia para participar en la Guerra de la Independencia.

Honor de la Real y Pontificia Universidad de Toledo, que con su idea de formar un Batallón de Voluntarios con sus escolares y profesores para adherirse a la lucha, nutrió de alumnos la Academia.

Honor de los Frailes Franciscanos de San Antonio de Padua que, cuando por avatares de la Guerra, Colegio de Artillería y Batallón de Voluntarios de la Universidad de Toledo buscando una ciudad segura para establecerse y organizarse, respectivamente, confluyeron en la capital de Andalucía, facilitaron la creación de la Academia Militar propuesta por Gil de Bernabé en su Convento, donde nos encontramos, el 14 de diciembre de 1809,  hoy hace 200 años.

En ella llegarían a formarse casi 700 oficiales en un año que intervendrían gloriosamente en la contienda, permaneciendo viva su herencia en la Academia General Militar de Zaragoza y en los Militares de Complemento.

Finalmente, Honor y patriotismo de D. Mariano Gil de Bernabé, que sin dejar la enseñanza en el Colegio de Artillería como primer profesor, dirigió admirablemente la Academia Militar de Sevilla, desplazándose entre el Convento de San Laureano y el de San Antonio de Padua.

 GÉNESIS

Real Colegio de Artillería de Segovia. Institución matriz de la Academia Militar de Sevilla (Director y experiencia docente)

El 4 de mayo de 1808 llegaron a Segovia las noticias sobre la gesta protagonizada por los capitanes Luís Daoíz y Pedro Velarde, ex-alumnos del Colegio de Artillería, dos días antes con motivo de la ocupación francesa de la capital de España.

 La ciudad es ocupada por los franceses a principios de junio, permitiendo al Colegio de Artillería, ubicado en el Alcázar, seguir las clases bajo la dirección del ayudante segundo de la Compañía de Cadetes Joaquín Velarde, hermano del héroe del 2 de mayo.

Pero el día 25, encontrándose el Centro sin oficiales, faltando cadetes y los presentes “expuestos a la impresión de especies seductivas en una población cuyo populacho puede aplaudir sus extravíos” lleva a Velarde a solicitar su traslado a otra ciudad.

Cuando el 23 de julio una columna francesa de 350 hombres con cinco piezas de artillería llega al Alcázar, los cadetes y su director impotentes de rabia y humillación se tragan las lágrimas permitiendo una ocupación pacífica de las instalaciones.

Las clases fueron suspendidas, aunque por poco tiempo, pues al día siguiente tuvo lugar la Capitulación francesa con motivo de la victoria española en Bailén terminando con el mito de “invencibilidad” del Ejército napoleónico.

Los franceses abandonan Segovia y el Colegio de Artillería, consciente de la importancia de la formación de los artilleros que se incorporan a los ejércitos combatientes, abre de nuevo sus puertas el 1 de octubre de 1808.

En noviembre su plantilla de mandos y profesores comienza a completarse con el regreso de su Director, el Coronel Francisco Dátoli y del Primer Profesor, el Teniente Coronel Mariano Gil de Bernabé, destinados en el Ejército del Centro con el general Castaños.

Poco duró la normalidad, porque el día 23 Napoleón llegó a España con numerosos refuerzos y, ante la aproximación de tropas francesas a Segovia, se ordenó la defensa del Alcázar y su director propuso el traslado del Colegio a dependencias del Seminario de Nobles de Madrid.

El día 30, la inminente llegada de una unidad enemiga provocó la evacuación precipitada del Centro. La orden era salir solamente con lo puesto y en la mochila los libros de texto necesarios porque, a pesar de los avatares de la guerra, su carrera “del saber y del honor” exigía continuar con los estudios.

Esa noche el Director, los Oficiales y el segundo Capellán no pudieron dormir, meditando el plan de marcha y repasando las listas y mapas para la hazaña de llevar el Colegio hasta la Capital de España, a pie, en invierno y con unos cadetes que eran niños.

Con las primeras luces del amanecer del 1 de diciembre se inicia la marcha hacia Madrid, con su Director, el primer profesor, cuatro profesores más, cincuenta cadetes y diecisiete abnegados dependientes. Les sigue la familia de Gil de Bernabé, por voluntad de su valiente y patriótica mujer.

Los cadetes, a pesar del madrugón y del frío parten entusiasmados, sin imaginar la aventura que les esperaba, aunque tristes porque faltaban tres días para Santa Bárbara y no tendrían culto ni celebraciones.

Sus profesores, conscientes de la situación de España, con la preocupación e incertidumbre reflejada en sus rostros, dicen adiós a Segovia, rezando por la suerte que les pudiera deparar el destino, comenzando un largo éxodo de jornadas heroicas para establecerse en otra ciudad, que duraría tres meses y medio, recorriendo la Patria de un extremo a otro terminando en Sevilla.

 La infatigable voluntad de los artilleros de mantener su Colegio abierto, a pesar de la Guerra, les llevó a hacerlo en condiciones perentorias, a veces infrahumanas, viajando a pie, con el menor equipaje posible y “vestidos de gala” para llevar consigo lo mejor.

Al llegar a San Rafael, a 40 kilómetros de Segovia, ya iban todos descalzos. Profesores y alumnos comenzaban a vivir las etapas más dramáticas de la historia del Centro en busca de un lugar seguro para continuar las clases, aprovechando las poblaciones en que recalaban, mientras lo permitían las tropas francesas, a veces “pisándoles los talones”.

En Guadarrama, las noticias de que la Corte estaba en poder del enemigo les hizo cambiar de dirección hacia Talavera de la Reina, al llegar a San Martín de Valdeiglesias fueron tantas las penalidades que se vieron obligados a comer gallinas crudas.

La proximidad de las tropas imperiales les obligó a cambiar nuevamente de rumbo, ahora hacia Salamanca donde llegan, tras doce jornadas de penoso caminar, descansando lo imprescindible, solamente para alimentarse con escasos ranchos y dormir la mayor parte de las veces en pajares, tapándose con mantas viejas.      

  El 12 de diciembre se alojan en el Colegio de Santiago y sacando fuerzas de flaqueza comienzan a organizar las clases. El 22, cuando estaban a punto de comenzar, de nuevo tienen que emprender la marcha dejando atrás toda la impedimenta por la llegada de los franceses.

Al atardecer llegan cerca del pueblo salmantino de Aldeaseca, donde solo quedaban mujeres, ancianos y niños, porque los varones se habían alistado para empuñar las armas contra el invasor.

El Colegio decide descansar y pasar la Navidad en este hospitalario pueblo. En Nochebuena, profesores y alumnos, después de limpiar sus polvorientos uniformes y abrillantar su desgastado calzado, asisten a la Misa del Gallo. El sacerdote, en la homilía habla de los dones de la Divina Providencia para conceder mercedes y por unas horas los artilleros y el pueblo se olvidan de los horrores de la guerra.

El Colegio reanuda la marcha el día 26,  dirigiéndose a La Coruña, sitio ideal para establecerse bajo la protección del Ejército Nacional. El 12 de enero de 1809 llegan a Orense, en tan mal estado que sus habitantes les dieron ropas, muriendo allí los cadetes Mariano Sánchez y Josef Coto.

Al tener noticia que los franceses habían tomado La Coruña, emprenden marcha para Sevilla atravesando Portugal. El 29 llegan a Oporto desde donde su Director el 1 de febrero envía un comunicado al Director General de Artillería, Maturana, solicitando se habilite el Convento de San Laureano de Sevilla para establecimiento del Colegio. Cuando arriban a Lisboa, el día 18, Dátoli le envía otro comunicado para prevenir el alojamiento en Sevilla de los cadetes, profesores y dependientes expedicionarios.

El 1 de marzo parten para Huelva donde desembarcan el día 6, emprendiendo la marcha a pie hacia Sevilla. Llegan el 14 con 7 profesores, 49 cadetes y 17 dependientes, después de unas extenuantes y heroicas jornadas, soportando innumerables fatigas y privaciones a  pesar de la corta edad de los alumnos. Se instalan en el Colegio del Convento de San Laureano.

En esta ciudad se mantuvo el nivel de estudios, incluso se mejoró ya que profundizaron en la ciencia y técnica artillera al tener a su disposición la prestigiosa Fundición de Cañones de Bronce y la principal Maestranza de Artillería de España.

Después de unos días de merecido descanso, el alumnado se completa hasta 150 plazas con los cadetes de Segovia en régimen externo y jóvenes de Sevilla entre 14 y 16 años y se reanudan las clases.

En mayo se reconocen otros edificios de la ciudad para su traslado por quedarse pequeñas las instalaciones, principalmente el Convento de San Antonio de Padua.

Algunos profesores siguieron actualizando los textos y se reclamó a algunos prestigiosos antiguos docentes que estaban sirviendo en el Ejército de Andalucía para incorporarse a la Academia.

 Su primer profesor, Don Mariano Gil de Bernabé todavía hizo más creando una Academia Militar de carácter general el 14-XII-1809 en base al Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, que ya se encontraba en Sevilla cuando llegaron.

REAL Y PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE TOLEDO

Base del alumnado de la Academia Militar de Sevilla

La formación de este Batallón comienza a gestarse cuando los ecos de los tristes sucesos del 2 de mayo de 1808 resuenan en la Ciudad Imperial, uniéndose su Universidad a la causa común para luchar contra el invasor proponiendo la creación de una unidad militar con sus profesores y alumnos.

El Rector, consternado por los acontecimientos, el día 21 coloca una “Proclama” de gran contenido patriótico en la fachada principal del soberbio edificio docente. Invitaba a sus alumnos a alistarse en el “Batallón Universitario de Honor” que se constituiría inmediatamente para combatir a las tropas invasoras,

La Universidad, conmocionada por el doloroso trance que atravesaba España, el 14 de agosto celebra un Claustro General de Doctores y Maestros en Arte para estudiar la propuesta de varios profesores, mostrando un ferviente deseo de colaborar en su defensa.

A continuación se dirige a la Junta Provincial ofreciendo sus servicios con dicho batallón. A pesar de no tener contestación, sigue trabajando en el plan y convoca un nuevo Claustro para el día 17. En él se exponen las ofertas de algunos claustrales para incrementar los caudales de la Universidad, ofreciendo vestuario, honorarios profesionales y  mantener a sus expensas, vestidos y armados a algunos familiares.

El Plan del Cuerpo de Voluntarios de la Universidad de Toledo, que carecía de antecedentes históricos, ante la inseguridad de la Junta Provincial para controlar la situación, es aprobado cuatro días después, así como la propuesta para crear, formar  y financiar un Cuerpo para la defensa de la Junta Suprema, con sus alumnos y los profesores como mandos naturales.

 Ambos planes son sometidos inmediatamente a la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino, que acababa de constituirse en Aranjuez el 24 de septiembre.

A la vez comienza el alistamiento, que ante la llamada de su Universidad con tan loables fines, unos 300 estudiantes toledanos se apresuraron a cambiar los libros por el fusil y las aulas por el campo de instrucción de la Vega y los Alijares,

En el Claustro del 4 de noviembre se forma el Cuerpo de Voluntarios y se redacta la Proclama de Privilegios. En el del 25 se trata sobre su organización alistamiento y armamento. El 28 es visitado por la Junta Central Suprema.

El 2 de diciembre los acontecimientos bélicos precipitan la decisión de la Junta Central de trasladarse a Sevilla por seguridad, pernoctando en Toledo.

El 3 de diciembre se establece la organización y mandos del Batallón, con una composición de 4 compañías de 150 hombres cada una, más los mandos.

La Unidad, tan unida a la Junta Suprema, el 4 de diciembre, todavía en proceso de formación e instrucción, recibe orden de desplazarse dándole escolta, cuando solamente se habían alistado unos 340 hombres. En este momento, al asumir la responsabilidad de proteger los caudales públicos y objetos religiosos de gran valor, como la custodia de Arfe, adquiere por méritos propios el título de Batallón de Honor.

Con gran penuria y opresión hace la penosa retirada a las “Andalucías”, recibiendo expresivas muestras de gratitud por los pueblos de paso, llegando al amanecer del día 19 a Hinojosa de Córdoba donde “fueron alojados por los vecinos voluntariamente y obsequiados a porfía”.

Cuando el reducido y mal pertrechado Batallón llega a Carmona el día 21 se encuentra con instrucciones de la Sección de Guerra de la Junta Central para incorporarse al Ejército de Extremadura pasando a las órdenes del General Josef Galluzo.

Retrocediendo hacia su destino, el día 23 en Córdoba su Gobernador no pudo armarle, a pesar del gran deseo que le animaba “respecto a no tener proporción de armas, ollas de campaña, camas y demás útiles que necesita, que no pudo sacar de la ciudad de Toledo”. No obstante, alguien de la Universidad colaboró con la mayor eficacia confeccionándole 130 vestuarios.

En esta ciudad la orden se deja sin efecto, disponiendo la marcha del Batallón a Sevilla para completarse, organizarse, equiparse y tomar armas antes de incorporarse a dicho Ejército, llegando a Carmona el día 30.

En la Nochevieja de 1808 entra en Alcalá de Guadaira, donde sus componentes son vitoreados y agasajados por el pueblo, y el clero y la nobleza desplazados desde Sevilla, siendo obsequiados con pan de excelente calidad.

Llega a Sevilla en la mañana del día 3 de enero de 1809, acuartelándose en el Convento Franciscano de los Terceros, con una fuerza de 240 hombres al mando del Sargento Mayor graduado de Teniente Coronel Don Bartolomé Obeso.

Los escolares, una vez instalados, a la vez que se  completaba el batallón y se llevaba a cabo su equipamiento, sin tiempo para el descanso comenzaron la Instrucción básica del combatiente, entrenándose en el manejo de las armas y en la Táctica de la Infantería.

El ánimo de los integrantes del Batallón hizo que progresaran rápidamente, hasta el punto que a los dos meses de estar formado el Cuerpo, ya con 400 efectivos, según se recogió en el Acta del Claustro General de la Universidad de Toledo del 4-09-1815 para emitir un informe sobre sus progresos durante la revolución:

 “maniobraba con el conocimiento y exactitud que el mejor veterano, mereciendo por ello el honor de que los Generales, y hasta el Gobierno mismo, presenciase repetidas veces sus ejercicios y le diese públicos testimonios de su satisfacción, entre otros el de consolidarle sus privilegios y distinciones, y como a estas circunstancias unían aquellos jóvenes un amor decidido por su Rey y la felicidad de su Patria, consideró la Junta Suprema Central el Cuerpo que formaban como un baluarte inexpugnable a la intriga, haciendo siempre confianza en él en las convulsiones de Sevilla; esperanza a que correspondió la experiencia durante todo el tiempo de su estancia en aquella capital y en el desempeño de su guarnición”.

La Junta Central, al comprobar que los universitarios toledanos eran leales al Gobierno legítimo, eligió a los mejores para su guardia de honor en el Alcázar y como fuerzas de orden público contra la intriga propia de una ciudad que pronto se vería sitiada.

Profesores y estudiantes con el mismo uniforme y sometidos a la recia disciplina de la guerra, compiten en servicios de armas y penosos trabajos con las tropas veteranas, siendo conocidos y muy apreciados por la población.

La aplicación y pericia militar de que hicieron gala los universitarios se hizo pública y notoria resolviendo la Junta Suprema que a los componentes del Batallón se les diera el tratamiento de “Don”, la consideración de “Distinguidos” y el uso de una “espada o sable” distintivo y uniforme para todo el Cuerpo.

En el mes de agosto el Batallón quedó completado con 643 hombres. Ante la falta de espacio en el Convento de los Terceros fue preciso buscar alojamiento en otro lugar, trasladándose parte de él a dependencias del Convento Franciscano de San Antonio de Padua.

Cuando ya estaba al completo, uniformado, equipado e instruido para servir en el Ejército de Extremadura, en vez de partir a su destino, recibió orden de permanecer en Sevilla al hacerse realidad la idea del Teniente Coronel Gil de Bernabé, de crear una Academia Militar.

  LA ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA

 Origen de las Academias Militares Generales y de la Milicia de Complemento

La Academia Militar de Sevilla se estableció en el Convento Franciscano de San Antonio de Padua, cuyas instalaciones habían sido reconocidas para  traslado del Colegio de Artillería, por haber quedado pequeñas sus dependencias en San Laureano, y elaborado el proyecto correspondiente al encontrarlo apropiado para formar una academia con poca inversión.

Y Aunque el Colegio de Artillería no se trasladó, el proyecto no fue estéril porque fue aprovechado por la Academia Militar creada por su Primer Profesor el 14 de diciembre de 1809 con 117 escolares del Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo,

El Convento colaboró, manifestando sus frailes que se “sacrificarían a beneficio de la causa pública” en la instancia cursada a Su Majestad el 6 de junio de 1809, franqueando la enfermería y celdas.

La inauguración tuvo lugar el día 16, con un discurso lleno de ideas luminosas pronunciado por su director, persona instruida y con grandes dotes para la enseñanza, que hacía tiempo se lamentaba de la falta de oficiales y mandos subalternos bien preparados en el Ejército.

Para remediarlo había ideado el proyecto de crear Academias Militares de urgencia, sacando los alumnos entre los universitarios, por sus excelentes cualidades a los que les sobraba valor pero les faltaba preparación militar, obteniendo aprobación de la Junta Central, después de varias propuestas, el 14 de octubre de 1809, con estas palabras:

“Ha visto con complacencia la Junta Suprema de Gobierno cuanto Vd. propone lleno de afán e ilustrado ardor por la buena causa en su papel del 6 del corriente, sobre la necesidad de aumentar nuestros ejércitos en todas las armas, con proporción a las circunstancias y apuros en que nos encontramos, creando para ello 8.000 oficiales y se ha servido aprobarlo en todas sus partes, admitiendo igualmente la generosa y patriótica oferta de instruir 40 o 50 alumnos en los elementos y demás  que se requiere para ser buenos oficiales, bajo la dirección y acuerdo del Sr. Marqués del Villar .

El equipamiento de primera necesidad pudo lograrse por el generoso ofrecimiento de la Real Maestranza de Artillería y de algunos particulares, como el Coronel retirado D. Joaquín Cavalleri. Otros se ofrecieron gratuitamente para auxiliar en la enseñanza, como el profesor de matemáticas de la Sociedad Económica de Amigos del País Don Juan Acosta.

 El profesorado fue elegido entre los jefes y oficiales, sacerdotes, paisanos e, incluso, soldados altamente cualificados. El Observatorio de San Fernando le cedió algún profesor de Matemáticas y el soldado Juan Vila del Olmo fue profesor de inglés.  Su Jefe de Estudios, el inteligente Teniente Coronel don José Ramón Mackenna fue el autor del texto de Táctica sublime que se impartía en el centro.

En la entrada de la Academia ondeaba orgullosa la Bandera Blanca del Batallón toledano, que ya empezaba a conocerse con el cariñoso apelativo de “La Universitaria”.

El trabajo agotador de su director y profesorado era compensado con la laboriosidad y el deseo de aprender de los alumnos. Este llegó a tal punto que se prohibió estudiar más tiempo que el previsto en el programa, porque el ánimo de superación de los estudiantes era tan grande que algunos enfermaron del sobreesfuerzo.

Fue encomiable el comportamiento de estos cadetes, ayudando económicamente a la Academia con parte de sus ranchos para adquirir libros y pizarras y compaginando el plan de estudios con los servicios propios del Batallón y con servicios de armas, tan necesarios para la defensa de la plaza, combatiendo en los alrededores de Sevilla.

De esta forma se puso en marcha en Sevilla una Academia Militar, con el único gasto para la Nación del haber del soldado, que produciría brillantes Jefes de todas las Armas para los Ejércitos españoles.

El 10 de enero de 1810 ya contaba con 120 alumnos habiéndose sumado a los soldados del Batallón de Voluntarios de Honor, 6 Distinguidos del Real Cuerpo de Artillería, 1 cadete de infantería y 2 paisanos.

Poco tiempo estaría en Sevilla porque el enemigo invadió Andalucía el 20 de enero obligando al Gobierno Supremo a abandonar la Capital para trasladarse a Cádiz.

El Batallón toledano se incorpora al Cuarto Ejército en la Isla de León  y la Academia tiene que cerrarse, destinándose sus efectivos a la defensa de la ciudad. Antes de hacerlo, su director promueve a los 20 más distinguidos a oficiales. Y da a los alumnos una lacónica pero interesante lección que les serviría para toda la vida, muy apropiada para aquella crítica situación:

Si los paisanos huyen, no deben huir los soldados y menos, los que como vosotros se educan para oficiales. Yo estoy a la cabeza de la Academia, mientras nos manden obedeceremos y cuando esto nos falte haremos lo que nos dicte la razón y el honor”.

Los alumnos, enardecidos con la arenga de su director, respondieron al unísono: “A las órdenes de nuestro Director arrostraremos con placer los mayores peligros”.

Su misión era proteger la batería que defendía el barrio de Triana, permaneciendo en este servicio hasta las cuatro de la mañana del día 30 que se retira a Castilleja de la Cuesta por la llegada de los franceses.  Estos ocupan Sevilla y utilizan el Convento de San Antonio de Padua como cuartel. Emplean los magníficos y valiosos arcones de caoba de la sacristía, conservados en la actualidad, para pesebres de sus caballos y mulas. Y cuando evacuan la ciudad dejan las instalaciones arruinadas, llevándose cuanto pueden de valor.

Entre las imágenes y objetos de arte expoliados destaca el magnífico retablo del altar mayor, que sería remplazado por uno del siglo XVIII, de menor riqueza artística y ornamental, procedente de la iglesia de San Felipe Neri,

La Academia, en Castilleja recibe orden de escoltar al convoy con los caudales públicos gestionados por la Junta Suprema. Se dirige al condado de Niebla y llega a Ayamonte el 5 de febrero, donde es disuelta.

Restablecimiento en la Isla de león

Embarca hacia Cádiz y a continuación recibe orden de marchar a la Isla de León (San Fernando), alojándose el día 26 en “la Casa de los Jóvenes de la Marina” situada en la población militar de San Carlos. Allí, Gil de Bernabé continuando en su afán de formar oficiales y movido por un gran celo profesional, solicita al Consejo de Regencia la reapertura de la Academia, que es autorizada el 21 de maro.

 La Junta de Cádiz se declaró su protectora, donándole 20.000 reales durante varios meses para potenciar sus infraestructuras y la organización de los años siguientes. También regaló a los ocho alumnos distinguidos en los  primeros exámenes un sable de honor con la inscripción: “La Junta de Cádiz a los sobresalientes de la Academia Militar en 1810”.

Restablecida la Academia en San Fernando con la denominación Nacional y Patriótica Academia Militar de la Isla de León, el 3 de enero de 1812 cambiaría su nombre por Escuela Militar del Cuarto Ejército.

Ocupa los pabellones “del Hospital” de la población de San Carlos a primeros de abril, quedando los alumnos más jóvenes en régimen de internado y el resto acuartelados o acampados.

En mayo la Academia, bajo la dirección de Gil de Bernabé, vuelve a cobrar auge, sumándose a los 150 escolares de Toledo, cadetes y subtenientes del 4º Ejército, para perfeccionamiento de su instrucción, cadetes del Colegio de Artillería y distinguidos de la Real Maestranza de Ronda.

Los alumnos, que comenzaron usando el uniforme que tenían en Sevilla, adoptaron uno nuevo, consistente en casaca corta de paño color azul, solapa curva, collarín y vuelta encarnados con ojales en los tres puntos de estambre blanco; forro vivo blanco, chaleco, corbatín y pantalón del mismo color.

Empezaron compaginando los estudios con la defensa de la plaza que, cercada por los franceses, era el último baluarte de resistencia española, defendida por el 4º Ejército.

Cádiz, que resiste el asedio del Mariscal Víctor durante dos años y medio, se convierte en un símbolo de la resistencia nacional a la invasión gala, constituyéndose en la capital de la España no ocupada, sede de la Regencia y de las Cortes liberales y la Academia Militar, con su Batallón de estudiantes, de nuevo sirve al lado del Gobierno legítimo interviniendo en combates decisivos.

Al Batallón de Alumnos se concede el uso de la Bandera  LA UNIVERSITARIA”, que se cubriría de gloria durante la Guerra. Su entrega a la Academia constituyó una efeméride importante como colofón a la institucionalización de la misma, realizándose en un solemne acto celebrado en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas el 10 de Julio de 1810 por el Obispo de Sigüenza, Don Pedro Bejarano, en representación de las Cortes de Cádiz.

La enseña perduraría hasta la disolución de la Academia en 1823. Posteriormente se vincularía con los Colegios Generales hasta 1850 a pesar de la implantación de la enseña roja y gualda en 1843, acreditando la indisoluble unión que debe existir siempre entre las Armas y las Letras, entre la Milicia y la Universidad, unión sellada heroicamente a lo largo de la Historia con la sangre de los soldados universitarios profesionales y de los universitarios soldados de complemento. Es la primera Bandera de las Academias Militares que se conserva en el Museo del Ejército.

En agosto se celebraron los primeros exámenes, donde los alumnos demostraron su excelente preparación. El Gobierno, al tener noticia del éxito, dispuso la incorporación de otros 300 componentes del Batallón de Voluntarios de Honor a la Academia para comenzar el adiestramiento. Su fama de estudiosos y disciplinados era tal que solo el hecho de ser universitarios de Toledo era mérito suficiente para ser admitidos en la Academia.

El batallón quedó tan reducido que, no pudiendo completarse de nuevo con otros individuos que reuniesen las cualidades previstas en la constitución del Cuerpo, fue extinguido en el mes de septiembre, agregando los que habían quedado al Ejército, en clase de distinguidos, y la mayor parte de su oficialidad a la Academia. D-29 (3)

A finales de 1810 fue la época de mayor esplendor del Centro. Prosperó tanto que llegó a tener 647 alumnos de Infantería y Caballería, promovidos a subtenientes. Como también siguieron sus estudios los alumnos del disuelto Colegio de Artillería, adiestrándoles Gil de Bernabé en los conocimientos propios de su Arma, de ella salió un excelso plantel de oficiales de los Cuerpos Facultativos.

LA HERENCIA

La Academia Militar de Sevilla, fundada para la formación de universitarios, conocida como la Academia de “Los Gilitos”, en honor al apellido de su Director, aunque de vida efímera en esta ciudad, fue muy fructífera.

Restablecida en la Isla de León para formación mixta de universitarios y cadetes de cuerpo, constituida como Escuela Militar del Cuarto Ejército, serviría de modelo con su experiencia docente, plan de estudios y régimen interior para la creación en marzo de 1811 de una Escuela Militar en cada uno de los seis Ejércitos para formar Cadetes de Infantería y Caballería.

En enero de 1812, cuando cambió su denominación a Escuela Militar, con la mejora económica proporcionada por la Junta de Cádiz y el entusiasmo de su Director y del Sargento Mayor se practicaron varias reformas y el Batallón Universitario, con su resistencia, posibilitó que los diputados firmasen la Constitución de la “Pepa”.

Evacuación a Granda

En 1820 fue evacuada al pueblo de Murtas, en las Alpujarras, a causa de la entrada en España del cuerpo de ejército francés conocido como Los cien mil hijos de San Luis, enviado para auxiliar a Fernando VII ante la oleada liberalizadora del país. Temerosa de que dicha incursión se convirtiera en una segunda invasión de España, le llevó a buscar un lugar apartado y seguro para continuar su labor.

Allí permaneció con un número reducido de profesores y alumnos hasta el 16 de agosto de 1823 que volvió a la capital, tras la rendición del Ejército de Andalucía.

Cuando el Centro se estaba reorganizando, una vez restablecido el poder absolutista Fernando VII, recordando el apoyo prestado por el Colegio al pronunciamiento de Riego, el 27 de septiembre de 1823 se ordena su disolución, después de 14 años de funcionamiento, con la satisfacción del deber cumplido, contribuyendo a defender los ideales de libertad de la Constitución gaditana y haber formado a más de 800 oficiales.

Entre ellos se encontraba el Subteniente de Infantería, posteriormente de Ingenieros, Don Baldomero Fernández Espartero, que llegaría a ser Capitán General del Ejército, obtener los Títulos Nobiliarios de Príncipe de Vergara, Conde de Luchana y Duque de la Victoria, líder del Partido Progresista y Regente de España durante la minoría de edad de Isabel II.

A pesar de su corta vida dio sus frutos a largo plazo. La unión Ejército-Universidad propiciada, continuaría intermitentemente a lo largo de la Historia de la Enseñanza Militar a través de diferentes proyectos docentes, como las Milicias Universitarias, estableciendo las bases para la formación de la Oficialidad de Complemento que ha dado tan magnífico historial y excelentes resultados.

Muchos de estos militares-universitarios mostraron un heroico comportamiento, derramando su sangre en los campos de batalla, honrando las proféticas palabras de su maestro Gil de Bernabé de que “entre ellos saldrían no sólo excelentes mandos de Sección y Compañía sino que, incluso, los habría que llegasen a Jefes y aún hasta Generales”.

Algunos, incluso, se hicieron acreedores a la más alta condecoración concedida en acción de tiempo de guerra, la Cruz Laureada de San Fernando.

El alto prestigio de que gozaba la Academia Militar de Sevilla se basaba en el carácter “general” de la enseñanza militar, dotado de un sistema de formación para los cuadros de mando con un solo plan de estudios, ejercitándose en contabilidad de unidades y en ejercicios y evoluciones de todas las Armas y en el que la Táctica general era ciencia enseñada primera vez en España.

Gracias a este plan, sus alumnos adoptaron una comunidad de doctrina, suprimiendo las rivalidades entre las diferentes Armas y la convivencia fomentó un mayor compañerismo y unión entre los mandos de distintas procedencias que allí se formaban.

Su herencia, llevó a la apertura del Colegio General Militar en el Alcázar Segovia en 1824 para cursar las carreras de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros, al que remitieron todo el material útil para la enseñanza que tenían los colegios militares extinguidos. Su director fue el General Venegas y el subdirector  el Coronel Mackenna, que también lo había sido de la Academia Militar de Sevilla.

A la del Colegio  de Todas las Armas en Madrid, en 1837, para los aspirantes a oficial de cualquier Arma del Ejército, siendo restablecido por su director,  el prestigioso Conde de Clonard con el anterior nombre de Colegio General Militar. Al Colegio General Militar de Toledo, en 1846, en dependencias de diversos hospitales. A  la Academia Militar General de Toledo, en el Alcázar, en 1882, de cuyas aulas saldrían los mejores Oficiales de la segunda mitad del siglo XIX.

Y a la prestigiosa Academia General Militar de Zaragoza, en 1927, crisol de esencias castrenses, donde recibe una excelente formación la oficialidad de nuestro Ejército en la actualidad.

La Academia Militar de Sevilla, considerada la primera Academia Militar de tipo General, por los relevantes servicios prestados a la Patria durante la Guerra de la Independencia, ocupa un lugar privilegiado en la Historia de la Enseñanza Militar en España.

 Don Mariano Gil de Bernabé

Fundador y  Director de la Academia Militar de Sevilla

Para concluir haremos una breve biografía de su fundador y director, Don Mariano Gil de Bernabé que, con el Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, está considerado  precursor de la Oficialidad de Complemento.

 Hijo de Juan Jerónimo Gil de Bernabé, Regidor perpetuo de la Ciudad de Daroca, y de Manuela Ibáñez, de estirpe noble, nació el 14 de octubre de 1765 en la villa turolense de Báguena. Descendiente del alcaide heroico defensor del castillo de Báguena, Miguel de Bernabé, en 1363, según reza en el lema del escudo de armas de su linaje.

El 16 de junio de 1808, ante la invasión francesa, se incorpora como Graduado de Teniente Coronel al Ejército de Castilla la Vieja y el 24 de agosto el General Cuesta, en atención a los méritos contraídos, le concede dicho grado en propiedad, encomendándole diversos servicios relevantes y penosos.

En noviembre es destinado al Ejército del Centro donde toma parte, principalmente, en la Batalla de Rioseco en una célebre jornada atravesando las líneas francesas y en la retirada de Logroño.

Su sensibilidad y altruismo, ante las penalidades que estaba pasando el pueblo como consecuencia de la guerra, le llevó a ofrecer la tercera parte de sus bienes para las viudas y huérfanos de los defensores de Zaragoza.

Incorporado al Colegio de Artillería de Segovia como Primer Profesor tiene que evacuarlo a Sevilla, donde concibe la idea de crear Academias Militares de todas las Armas con estudiantes universitarios con el fin de instruir 8.000 oficiales para los Ejércitos combatientes contra Napoleón, bajo la protección y dirección de un vocal de la Suprema Junta Suprema.

El 2 de diciembre de 1809 es promovido a Coronel y el 14 es nombrado Director de la propuesta Academia Militar.

Colabora con su Centro eficazmente en la defensa contra los franceses y el 31 de enero de 1810, siendo Comandante de Artillería en un sector de la defensa de Sevilla, al capitular la plaza se repliega hacia Cádiz con todos los oficiales bajo su mando y los de Artillería que encontró en el camino.

El 15 de febrero llega a Cádiz con 26 de los primeros y más de 100 de los segundos, pasando a la Isla de León, donde restablece la Academia Militar.

Es nombrado nuevamente su director, concurriendo con su Batallón a todas las alarmas y llevando el peso de la dirección General de Artillería como oficial de la secretaría, planteándosela casi sin recursos ni antecedentes, ya que toda la documentación había quedado en Sevilla.

A pesar de la grave enfermedad que le iba debilitando progresivamente, pasó los últimos meses de vida supervisando las clases y exámenes y terminando su trabajo titulado “Ensayo sobre la metralla”. 

En esta época cobra protagonismo su mujer Doña Petra Ramos que, a pesar de ser rica, por su patriotismo a imitación de su marido y por la determinación de seguirle, habiéndole sido secuestrado todos sus bienes en Segovia, se encontró con ocho hijos y a punto de dar a luz el noveno, en situación angustiosa al carecer de recursos ante una posible situación de orfandad.

Doña Petra había decidido seguirle en la noche del 30 de noviembre de 1808, cuando se provoca la evacuación precipitada del Colegio de Artillería de Segovia. En esta ciudad, donde tenía sus Mayorazgos, le habían ofrecido el levantamiento del secuestro general si regresaba y le libraron dinero para el viaje, pero en su lugar se aprovechó de él para seguir a su marido hasta Sevilla con siete hijos y dos amas, llevando a cuantos quisieron acompañarla, y después a la Isla de León.

Viéndose aquí en la indigencia se dirigió a Su Majestad ofreciéndole el celo, laboriosidad, conocimiento y patriotismo de su marido y los ocho hijos a la Nación, que para ella eran una carga y un desconsuelo al no poderles dar la educación apropiada, solicitando pensión de 1.000 ducados de vellón recayendo en los que quedasen sin acomodar y dejándola durante dos años en beneficio de la causa pública.

Agravada la dolencia de Gil de Bernabé por su completa dedicación docente, murió el 23 de agosto de 1812, a los 44 años de edad, causando un profundo pesar en profesores y alumnos de la Academia por su elevado prestigio y altas dotes para la enseñanza y ejercicio de la profesión militar.

Estos constituyeron un modelo a seguir por sus discípulos, que en prueba de gratitud cuando fue enterrado en la Iglesia de la Purísima Concepción le dedicaron una lápida de mármol, siendo instalada por la Academia Militar del Cuarto Ejército en lugar preferente cerca del altar en la Antecapilla de Levante con el siguiente texto:

  “TRANSMITE A LA POSTERIDAD LA MEMORIA- QUE EN ESTE LUGAR DEDICÓ –LA ACADEMIA MILITAR DEL CUARTO EJÉRCITO- A SU FUNDADOR EL CORONEL DE ARTILLERÍA- D, MARIANO GIL DE BERNABÉ,       DÍA XXIII DE AGOSTO DE MCCCCXII”.

Cuando en 1982 se realizaron las obras para embellecer “El Panteón de Marinos Ilustres”, en que se había transformado el templo, donde reposan los restos de los personajes más relevantes de la Historia de la Armada Española, detrás de la placa aparecieron los restos de Gil de Bernabé.

Considerándose un honor que el ilustre militar reposara en lugar tan privilegiado, en un hecho sin precedentes, se ordenó dejar lápida y restos en el lugar de su enterramiento original, siendo único militar del Ejército de Tierra que reposa en él.

Por su labor, D. Mariano Gil de Bernabé, desde su fallecimiento tiene un puesto de honor a la cabeza de los escalafones del profesorado militar de España en general y de la Artillería en particular.

En los actos que hoy celebramos también queremos rendir homenaje al ilustre profesor con el descubrimiento de una placa conmemorativa en el compás de este convento, donde hace 200 años creó la ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA.

Reportaje Fotográfico

 

 

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