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PERFIL DEL AUTOR

GUILLERMO FRONTELA CARRERAS, Sevilla, ESPAÑA.

Militar, escritor y guionista de cine.

Coronel de Artillería, del Cuerpo General de las Armas del Ejército de Tierra, Escala Superior. Destinos: Regimientos de Artillería de Campaña nº 15, Artillería Antiaérea nº 74 (Grupo HAWK), Artillería de Costa nº 5 y Mixto nº 30, Academia Especial Militar, Director Centro de Historia y Cultura Militar de Sevilla. Especialidades: Misiles, Diploma Superior en Heráldica, Vexilología y Ciencias Nobiliarias y en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria.

Premio Ejército 1979 para Profesionales del Ejército y 1988 de Investigación.

Autor de una treintena de libros y más de un centenar de artículos y folletos publicados en diversas revistas: Defensa, Ejército, Aeronáutica, Memorial de Artillería, etc.

Posee: Cruz, Encomienda y Placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, 2 Cruces del Merito Militar con Distintivo Blanco de 1° clase y 3 menciones honoríficas.

Es Caballero Capitular Noble de la Real y Militar Orden de la Merced, Caballero de Merito de la Sagrada y Militar Orden Constantiniana, Comendador de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V y Académico de número de la Academia Internacional de Ciencia, Tecnología, Educación y Humanidades.

Conferencia basada en el libro: MARIANO GIL DE BERNABÉ “MAESTRO DE PATRIOTAS”

LA SEGURIDAD DEL GOBIERNO DE ESPAÑA EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

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           Impartida en el CAMPUS INTERNACIONAL PARA LA SEGURIDAD Y LA DEFENSA (CISDE), Sevilla, el 5 de abril de 2018.

         Hace 210 años España comenzaba a escribir uno de los episodios más trágicos de su historia, la Guerra de la Independencia.

La inestabilidad política existente a principios de 1808 por las discrepancias entre Carlos IV y el príncipe heredero por las alianzas con Francia, propicia el 19 de marzo la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando, que gobernaría como Fernando VII.

El emperador francés, habiendo advertido el vacío de poder existente en España, comienza a ocupar la Península y convoca a Carlos y a Fernando.

La Junta Suprema de Gobierno

El 10 de abril de 1808 se constituye La Junta Suprema de Gobierno, como órgano de Regencia encargado de dirigir los asuntos del País en ausencia del rey, que nombra presidente a su tío el infante don Antonio Pascual.

El rey Fernando VII llega a Francia el 20 de abril y sus padres, Carlos IV y María Luisa de Parma el día 30. Carlos IV se retracta de la abdicación y Napoleón fuerza las Abdicaciones de Bayona, por las cuales Fernando y Carlos renuncian al trono de España, obteniendo de ellos los derechos a su favor.

El 2 de mayo los madrileños comienzan un levantamiento popular ante la ocupación francesa de la capital por el ejército del mariscal Murat, siendo contenido a sangre y fuego por los invasores.

¡Madrid no era un lugar seguro!

El 4 de mayo el infante abandona sus funciones como presidente de la Junta Suprema de Gobierno y huye a Francia.

El 6 de mayo la Junta Suprema recibe un decreto de Carlos IV nombrando al cuñado de Napoleón Joaquín Murat Lugarteniente del Reino para que gobernase en su nombre, en virtud de la renuncia de Fernando VII.

España estaba sin rey cuyos derechos ostentaba el Emperador hasta un nuevo nombramiento.

Ante tal estado de cosas, comienza a crearse en toda España las Juntas Supremas Provinciales o Juntas de Defensa, instituciones liberales con el fin de organizar la resistencia contra las tropas francesas y asumir el gobierno en los territorios controlados por los españoles. La primera en constituirse fue la de Asturias, el 9 de mayo. El día 27 se crea la de Sevilla, que tendría un papel destacado.

El 6 de junio Napoleón dicta un decreto por el que nombra a su hermano José rey de España.

Ese mismo día la Junta Suprema de Sevilla, emite una Declaración de Guerra al Emperador de Francia, Napoleón I.  Declaración de guerra que de forma tácita iban haciendo todas las Juntas Provinciales en el momento de su constitución. Así, el mismo 6 de junio tiene lugar la primera victoria de las tropas españolas en la Batalla del Bruc, en la provincia de Barcelona.

Los oficiales franceses reaccionan desarmando a las tropas españolas y las francesas continúan con la invasión bajando hacia el sur.

José Bonaparte, que había aceptado la corona, es proclamado rey en Madrid el día 25 de junio, acabando con ello la historia de la Junta Suprema de Gobierno.

Las Juntas Supremas Provinciales o Juntas de Defensa

Entre mayo y junio se formaron 13 Juntas Supremas Provinciales o Juntas de Defensa. Destaca por su importancia la Junta Suprema de Sevilla, bajo la presidencia del prestigioso ex secretario de Estado D. Francisco de Saavedra.

Empieza a calificarse como Junta Suprema de España e Indias, porque da una imagen de unidad y presenta a Sevilla como capital de la España no ocupada, así como por su declaración de la Guerra a Francia.

El 25 de septiembre se forma en Aranjuez la Junta Suprema Central, también conocida como Junta de Defensa del Reino y oficialmente Junta Suprema Central Gubernativa del Reino. Se constituye bajo la presidencia del conde de Floridablanca, don José Moñino y Redondo, con representantes de todas las Juntas Provinciales, asumiendo los poderes legislativo y ejecutivo.

Este fue el primer gobierno legítimo de España durante la Guerra de la Independencia, que lucharía por recobrar la libertad, cuya seguridad no le fue confiada a ningún cuerpo policial ni a ninguna milicia armada con competencias de seguridad pública.

La seguridad del gobierno de España sería encomendada a los soldados de una unidad bisoña, no profesional, el Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, Unidad creada de forma inusitada y sin precedentes históricos.

La seguridad del Gobierno de España se encomienda al Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo.

A continuación veremos porqué y cuando los soldados de este batallón proporcionaron seguridad al Gobierno de España, actuando como escolta y guardia de honor de la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino y del Consejo de Regencia de España e Indias, dando seguridad a las Cortes Generales de la Nación, protegiendo a los miembros del gobierno en los desplazamientos, custodiando y protegiendo los caudales públicos y finalmente, actuando como fuerzas de orden público.

A dos instituciones se debe que esto fuera realidad: La Real y Pontificia Universidad de Toledo y la Academia Militar de Sevilla.

La Universidad de Toledo, responsable de la creación de este Batallón de Voluntarios.  La Academia Militar, creada para formar oficiales de urgencia con miembros de ese Batallón principalmente, y en la que terminarían integrándose todos sus componentes, desde donde continuarían con sus cometidos de seguridad y protección al Gobierno de España.

Creación del Batallón de Voluntarios de la Universidad de Toledo.

El rector de la Real y Pontificia Universidad Toledo, consternado por los acontecimientos del 2 de mayo de 1808 en Madrid y conmocionado por el doloroso trance que atravesaba España, muestra su ferviente deseo de colaborar en su defensa. Para ello convoca un Claustro General de Doctores y Maestros de Arte el 14 de agosto de 1808.

Ante la crítica situación que atravesaba España, por la invasión francesa, la destrucción del ejército peninsular y el sentimiento nacional que recorría toda la geografía nacional, es aceptada clamorosamente su novedosa propuesta, sin precedentes históricos.

Consistía en crear un batallón para tomar parte en la Guerra de la Independencia, que también protegería inicialmente a la Junta Suprema Central en su traslado a Sevilla.

La Unidad se formaría con sus estudiantes voluntarios y sus profesores como mandos naturales y sería financiada con fondos de la propia Universidad y del Cabildo de la Ciudad.

Presentado el plan a la Junta Local de Toledo, ante su pasividad, la Universidad decide exponerlo a la Junta Suprema Central. A tal fin la Universidad comisiona ante la Junta Central al catedrático don José Manuel García de la Torre y al también catedrático y canónigo de la Iglesia Primada don Pedro de Rivero para que expongan el plan.

El patriotismo y el entusiasmo mostrados por los ponentes, unido a la importante contribución económica de 30.000 reales de vellón, fueron suficiente argumento para que los miembros del Gobierno dieran su visto bueno por unanimidad.

La Junta Central envía a Toledo al capitán de Milicias Provinciales Don Bartolomé Obeso con funciones organizativas.

La Universidad de Toledo comienza redactando una “Proclama de Alistamiento”, de gran contenido patriótico, invitando a profesores y alumnos de todas las Universidades y demás instituciones de enseñanza a alistarse en el “Batallón Universitario” que se iba a crear.

Acto seguido, procede a su comunicación al resto de profesores y alumnos, a su inmediata difusión como desafío al invasor y a su envío al resto de las Universidades, como estímulo para que lo más selecto de sus alumnos se empeñara en la noble misión de luchar por la independencia de España.

Muchos universitarios de otras ciudades se unirían a este Batallón y muchas Universidades reaccionarían creando sus propios batallones.

Primer servicio de seguridad prestado por los soldados del Batallón toledano a la Junta Central.

La proximidad de los franceses a Aranjuez hace que, la Junta Central salga hacia Sevilla el día 1 de diciembre de 1808, terminando su primera etapa en Toledo.

El día 4 el incompleto Batallón de Voluntarios, con tan solo 340 hombres, de los 600 previstos, también emprende la retirada hacia Andalucía para terminar de organizarse, equiparse y tomar armas.

De la Unidad se segregan unos 100 hombres para dar seguridad a la Junta Central en la segunda etapa de su marcha a Sevilla. Cuentan como único armamento un sable de los 180 proporcionados a la Unidad por la Real Fábrica de Armas Blancas de Toledo. Van directos a la capital de Andalucía, donde llegan el 16 de diciembre.

Lo hacen como escolta y guardia de honor del Presidente de la Junta Central D. José Moñino y Redondo y de los demás componentes de la misma (36 vocales y 1 portero);  escolta del Cardenal Arzobispo de Toledo Don Luís María de Borbón y Vallabriga y de su séquito, y protegiendo los caudales públicos y los valiosos objetos religiosos de la Catedral de Toledo, entre ellos su famosa y artística custodia de Arfe.

La Junta Central se restablece en el Palacio de los Reales Alcázares de Sevilla.

Restablecida la Junta Central en el Palacio de los Reales Alcázares de Sevilla el 16 de diciembre de 1808, toma el calificativo que se había puesto la Junta Provincial y comienza a denominarse Suprema Junta Central Gubernativa de España e Indias. Su escolta del Batallón toledano se queda como guardia de honor en espera de la llegada de sus compañeros.

El resto del Batallón hace una fatigosa marcha a pie, sin apenas armamento ni impedimenta, pero ni el hambre ni la falta de medios consiguiente a la precipitada salida de su ciudad fueron motivo para que estos valerosos soldados, igual que sus jefes, desampararan a su Bandera.

Por fortuna, eran continuamente reconfortados con expresivas muestras de gratitud y aliento prodigadas por los habitantes de los pueblos que atravesaban.

Llega a Carmona el 21, donde recibe orden de marchar a la Capital del Califato para que su gobernador, a petición del Gobierno de la Nación, le arme y equipe para que pueda incorporarse al Ejército de Extremadura.

El gobernador tiene que desistir, a pesar del gran deseo que le animaba “respecto a no tener proporción de armas, ollas de campaña, camas y demás útiles que necesita, que no pudo sacar de la ciudad de Toledo”. No obstante, alguien de la Universidad colabora con la mayor eficacia confeccionando 130 vestuarios.

El día 27, por una nueva orden del Gobierno, el Batallón reanuda la marcha inicialmente prevista a Sevilla. El día de Nochevieja entra en Alcalá de Guadaira siendo vitoreado y agasajado por el pueblo con hogazas de pan de la mejor calidad. También es recibido por el clero y la nobleza desplazados desde Sevilla.

Desgraciadamente ese mismo día fallece el Serenísimo Señor Conde de Floridablanca. Se decretan tres días de luto y el Batallón permanece en Alcalá hasta el 3 de enero, que prosigue la marcha, llegando por la mañana a la Capital.

El Batallón de Honor de la Universidad de Toledo se completa en Sevilla y sus soldados son empleados para servicios especiales.

El Batallón toledano entra en Sevilla al mando del Sargento Mayor de Milicias Provinciales, graduado de teniente coronel, Don Bartolomé Obeso con 9 oficiales y 240 voluntarios, acuartelándose en dependencias del Convento Franciscano de los Terceros, ubicado en la calle Sol.

Se hace cargo de la Unidad el teniente coronel don Juan Molina que, sin demora, comienza a completarlo con universitarios voluntarios de varios pueblos de Castilla la Nueva que estaban reunidos y desarmados dispuestos para la defensa de la Patria.

Al mismo tiempo se la va adiestrando y equipando y se la dota de 260 fusiles de construcción francesa “de mala calidad”. Al incrementarse sus efectivos a más de 600, se la dota de 400 fusiles ingleses que acaba de recibir el Parque de Artillería, “de bella construcción” y de 400 sables que usarían como distintivo de la Unidad.

Estos soldados Mostraron tal entusiasmo e interés en el servicio, que a los dos meses ya evolucionaba como las unidades más veteranas.  Al hacerse querer de sus jefes y acreedores al favor de la Junta Central, fueron honrados por ésta, en varias ocasiones, presenciando sus ejercicios y manifestando públicamente su satisfacción.

Además, la Junta Central, al comprobar que eran fieles al Gobierno legítimo cuando Sevilla atravesaba uno de los momentos más convulsos de su historia, los considera como un baluarte inexpugnable ante las intrigas propias de una ciudad bajo la amenaza de sitio.

Por eso y, siendo patente su manifiesto y declarado amor al Rey y lealtad a la Patria, la Junta Central elige a los mejores para formar su guardia de honor y ser empleados como fuerzas de orden público.

Por su aplicación y pericia militar, demostradas pública y notoriamente, la Junta Central les concede el tratamiento de “Don”, la consideración de “Distinguidos”, el uso de una “espada o sable” distintivo y vestir uniforme propio.

La Unidad gana el título de Batallón de Honor, por méritos propios, al asumir la responsabilidad de proteger los fondos públicos y los valiosos artículos religiosos en su desplazamiento a Sevilla, siendo refrendado en esta ciudad al ser seleccionada como fuerza para servicios especiales.

También, adquiere la denominación abreviada de Batallón de Voluntarios, por haberse formado con individuos de esta condición; Batallón de Línea, por intervenir en primera línea de fuego y Batallón Literario, en recuerdo de las tres Academias literarias que existían en la Universidad de Toledo: de Teología, Filosofía y Canónico-legal.

Creación de la Academia Militar de Sevilla.

Al completarse El Batallón Literario de Toledo hasta 643 hombres parte de sus efectivos son trasladados a dependencias del Convento Franciscano de San Antonio de Padua, sito en la calle San Vicente nº 91.

Allí los conoce personalmente el teniente coronel de Artillería Don Mariano Gil de Bernabé, profesor del Real Colegio de Artillería, también desplazado a Sevilla ante la presión francesa sobre Segovia, donde tenía su sede.

Recordemos, aunque sea brevemente, la figura Gil de Bernabé. Consternado y dolorido por la muerte de su gran amigo y compañero de promoción Luís Daoíz, decide vengar su muerte y hacer cuanto esté en su mano para contribuir a la liberación de España.

A tal fin, comienza redactando un Bando Revolucionario contra los franceses, que consigue levantar en armas a más de 60.000 mozos de la provincia de Segovia. Por otro lado, empieza a elaborar planes para dotar de oficiales a los ejércitos de España, con carácter de urgencia.

La inminente llegada de los franceses a Segovia hace que el Real Colegio salga de la ciudad en busca de otro lugar seguro donde continuar su labor docente.  Llega a Sevilla el 14 de marzo de 1809, después de tres meses y medio de penoso éxodo, acuartelándose en el Convento de San Laureano.

El Colegio había escogido este lugar con los efectivos de la mermada Compañía de Caballeros Cadetes que partieron de Segovia (48 en total) Una vez en Sevilla, al completarse el número en 100 efectivos más con jóvenes de esta ciudad y con la idea de acelerar y perfeccionar la instrucción de los alumnos, la Junta Gubernativa del Centro examina otros edificios para buscar una nueva ubicación para el Colegio.

El teniente coronel Gil de Bernabé en uno de los reconocimientos al Convento de San Antonio de Padua toma contacto con los soldados del Batallón Universitario de Toledo y con ellos crearía allí una Academia Militar, como veremos a continuación.

Gil de Bernabé, animado por su gran amor al servicio, y deseoso de vencer cuanto antes a los franceses, ve factible la idea de crear una Academia Militar con estos universitarios, a los que veía con excelentes cualidades, pero les faltaba preparación militar.

Era parte de un ambicioso proyecto docente para formar de urgencia a 8.000 oficiales, de los que estaban tan necesitados los ejércitos de España.

Se haría estableciendo academias en varias ciudades, con estudiantes de los batallones distinguidos de Toledo, Sevilla y Granada, bajo la protección y dirección de un vocal de la Suprema Junta Central y solicitando colaboración a los reverendos obispos respecto a los colegiales y novicios.

Por fin, después de año y medio desde que Gil de Bernabé empezara a poner en conocimiento del Gobierno varios planes útiles para la liberación de la Patria, su proyecto es aprobado.

Comienza las clases el 14 de octubre de 1809 en su propia casa, con 50 alumnos, mientras llegan los libros de texto, solicitados al Departamento de la Isla de León. Allí les trasmite los conocimientos militares adquiridos por él en su dilatada experiencia como profesor del Colegio de Artillería.

El 14 de diciembre, siendo ya coronel, tomando la economía por base y sin realizar gasto alguno de la Real Hacienda, inaugura la Academia Militar de Sevilla en dependencias del Convento Franciscano de San Antonio de Padua.

El coronel Gil de Bernabé dirige y da clases en la Academia Militar para formar en pocos meses a oficiales capaces de incorporarse a los ejércitos para combatir a los franceses en la Guerra de la Independencia. A la vez ejerce como profesor del Real Colegio de Artillería.

La Academia Militar se nutre inicialmente con 117 escolares del Batallón Literario de la Universidad de Toledo.

El 29 de diciembre de 1809 la amenaza francesa aconseja cerrar el Colegio de Artillería, pero antes son promovidos a subtenientes los 14 cadetes más aventajados, entre ellos don Dionisio hijo de Gil de Bernabé.

El coronel deja su labor en el Real Colegio, tan solo a los nueve meses de su establecimiento en Sevilla, pero sigue al frente de su recién creada Academia Militar, resistiendo el mayor tiempo posible hasta la llegada del enemigo.

El 10 de enero de 1810 se incorporan a la Academia 3 alumnos más de ese Batallón, además de 6 distinguidos del Real Cuerpo de Artillería, 1 cadete de Infantería y 2 paisanos instruidos en las matemáticas.

La Junta Suprema Central se marcha de Sevilla a la Isla de León.

El 20 de enero de 1810 los franceses invaden Andalucía. Sevilla ya no era un lugar seguro para el Gobierno de España, por lo que la Junta Central decide marcharse a la isla de León.

En la noche del 23 al 24 los vocales salen de Sevilla, dispuestos a continuar en la Isla de León su obra de gobierno y reconstituir la nación española. Unos hacen el viaje por río hasta Sanlúcar. Otros van por tierra, sufriendo graves incidentes, sobre todo en Jerez, donde son perseguidos y amenazados por el pueblo indignado, que tras la derrota del ejército de la Junta en Ocaña (19-11-1808) dejaba a las tropas francesas el paso libre hacia Andalucía.

Los miembros del Gobierno parten hacia Huelva y se refugian inicialmente en la Ermita de Nuestra Señora del Carmen, situada en la barriada de Isla Canela del pueblo de Ayamonte. Eligieron este lugar por estar amparado por su difícil acceso y su cercanía a la desembocadura del río Guadiana y a la frontera portuguesa.                         

El Gobierno abandona su refugio en Isla Canela el 27 de enero y desde Ayamonte marchan a Cádiz y a continuación a la Isla de León. Aquí la Junta Central se reinstala  ocupando el Caserío de los Coven, una finca independiente y cercada que le proporcionaba seguridad.

El Consejo de Regencia de España e Indias.

La Junta Central desacreditada después de que las tropas imperiales derrotaran a su Ejército en Ocaña, el 29 de enero expide el último decreto, por el cual se disolvía y daba paso al Consejo de Regencia de España e Indias, teniendo como misión la organización de las Cortes Constituyentes.

Esto no es suficiente para contener la revuelta e irritación del pueblo contra la Junta, pues en la noche del 30 de enero los habitantes de la Villa se amotinan, corriendo nuevamente peligro la vida de los vocales.

En consecuencia, la Junta Central apremia la entrega del poder soberano al Consejo de Regencia, que ejercería la autoridad suprema en todos los dominios españoles de ambos lados del Océano, empezando a funcionar el 31 del mismo mes, con cinco miembros, bajo la presidencia de don Francisco Javier Castaños, que gracias a su serenidad y prestigio no se lamentaron desgracias personales.

Clausura de la Academia y Militar y marcha a la Isla de León.

Dejemos por un momento la Isla de León y volvamos a Sevilla. El 28 de enero el coronel Gil de Bernabé pronuncia su última lección en la Academia Militar. En ella dirige a sus alumnos unas sentidas y emotivas palabras, de hondo valor ético, muy apropiadas en tan críticos momentos de zozobra e incertidumbre porque les disipó sus inquietudes, les infundió valor, les levantó la moral y les restableció la serenidad.

A continuación, efectúa la entrega de despachos a los primeros 20 universitarios promovidos a oficiales. En su alocución los anima, diciéndoles que serían los mejores oficiales de Europa y pronostica que algunos llegarían a alcanzar las más altas cotas en la milicia.

Ese día el Batallón de Voluntarios de Honor de Toledo sale de Sevilla para unirse al Ejército del Duque de Alburquerque, D. José María de la Cueva y de la Cerda, que se apresuraba para la defensa de la Isla de León.

Gil de Bernabé, habiendo sido nombrado comandante de uno de los sectores defensivos de la ciudad, con misión de proteger la batería que defiende el barrio de Triana y sus monumentos, parte sin demora para su cometido con sus alumnos del Batallón toledano y con su hijo de 15 años, recientemente promovido a oficial en el Real Colegio de Artillería en San Laureano.

En este cometido permanece hasta las cuatro de la mañana del día 30, que se retira a la cercana villa de Castilleja de la Cuesta por la llegada de los franceses.

Tras la generosa capitulación de Sevilla del 31 de enero, comienza su marcha hacia el condado de Niebla con los profesores y alumnos de su Academia, escoltando el convoy con los caudales públicos gestionados por la Junta Central.

Llegan a Ayamonte el 5 de febrero, el mismo día que los franceses ponen cerco a la Isla de León y Cádiz. El coronel en Ayamonte, con todos los oficiales bajo su mando y más de 100 de Artillería y los cadetes del disuelto Real Colegio que encontró en el camino, esperan la oportunidad para embarcar hacia Cádiz.

En Isla Canela disuelve la Academia Militar y con sus alumnos del Batallón toledano se le encomienda la custodia de los caudales públicos que habían escoltado desde Sevilla, hasta su repliegue a la Isla de León.

El 26 de febrero llega la expedición de Gil de Bernabé a la Isla de León y el coronel entrega los fondos públicos transportados por sus alumnos del Batallón de la Universidad de Toledo al Consejo de Regencia.

El 4 de marzo el Consejo de Regencia ocupa el Convento de la Enseñanza de María, donde queda establecida la sede del Gobierno de la Nación (Consejo de Regencia y Cortes Generales)

De nuevo los soldados del Batallón toledano montan su guardia de honor y son empleados como Fuerzas de Orden Público.

De esta forma, Cádiz, bajo el cruel sitio del Mariscal Víctor, se convierte en un símbolo de la oposición nacional a la invasión gala y se erige en la capital de la España no ocupada, sede de la Regencia y de las Cortes Generales.

Restablecimiento de la Academia Militar en la Isla de León

La necesidad perentoria de contar el Ejército con más oficiales hace que la solicitud del coronel Gil de Bernabé de restablecer en la Isla de León su Academia Militar sea aprobada.

El Centro se restablece el 24 de marzo con el nombre de “Nacional y Patriótica Academia Militar de la Isla de León”, y a su director, el coronel Gil de Bernabé bien se le podría dar el título de “Maestro de Patriotas”.

La Junta de Cádiz se declara protectora de la Academia con una donación de 20.000 reales durante varios años. El 3 de enero de 1812 cambiaría su denominación por “Escuela Militar del 4º Ejército”.

Profesores y alumnos se alojan en los pabellones “del Hospital” de la población de San Carlos y la Academia se instala en el edificio de Carlos III, que estaba siendo ocupado por la Escuela de Pilotos de la Armada

Gil de Bernabé forma el cuadro docente con personal de su confianza, profesores que habían ejercido en Sevilla, oficiales del Ejército y de la Armada, soldados expertos en enseñanza y varios civiles, algunos de ellos religiosos. Don José García de la Torre, vocal de la Junta Central Suprema por Toledo y uno de los impulsores para la creación del Batallón toledano, imparte Historia Sagrada y Profana.

Los alumnos procedentes del Batallón toledano, con su director al frente, además de asistir a las clases, acuden a todas las alarmas y combaten, con la misión principal de defender el Arsenal de la Carraca y el Campamento de Sancti Petri. Asimismo, nuevamente sirven al lado del Gobierno legítimo dando protección a los miembros del Consejo de Regencia y desempeñando funciones de orden público.

El 10 de mayo tiene lugar el acto solemne de entrega de la Bandera a la Academia en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas, Iglesia sería la sede parlamentaria en 1813. Don Pedro Inocencio Bejarano, Obispo de Sigüenza, bendice la Enseña y hace su entrega en representación de las Cortes de Cádiz.

El Centro adopta la misma del Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, conocida como “La Universitaria”, que se cubriría de gloria durante la Guerra de la Independencia.

Todos los soldados del Batallón toledano se integran en la Nacional y Patriótica Academia Militar de la Isla de León.

En el mes de abril, cuando se restaura la Academia Militar el Batallón toledano contaba con 636 soldados, de los que 36 fueron ascendidos y destinados a Álava y La Rioja.

En mayo de 1810 el Centro ya contaba con 150 universitarios de Toledo. Fecha en la que también se incorporarían 200 cadetes y subtenientes del Ejército para completar su formación, los distinguidos de la Real Maestranza de Ronda y todos los cadetes del Real Colegio de Artillería, hasta el mes de agosto, que se trasladaron a Cádiz. Con estos efectivos se forma el Batallón de la Academia.

A finales de agosto el Consejo de Regencia dispone la incorporación a la Academia de otros 300 soldados del Batallón toledano.

En septiembre el Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo se extingue al no poder completarse con individuos de las cualidades prevenidas en su constitución.  Los pocos que quedan son agregados a distintos Cuerpos del Ejército en clase de distinguidos y la mayoría de su oficialidad a la Academia Militar.

Desde este momento todos los servicios de seguridad, protección de autoridades y orden público serían prestados por los soldados del Batallón de la Academia Militar de la Isla de León.

 En total llegó a tener 650 universitarios de Toledo y cadetes y subtenientes del Ejército.

A finales de 1810 la Academia Militar de Gil de Bernabé, en la época de su mayor esplendor, prosperó tanto que llegó a promover a 647 alumnos a subtenientes de Infantería y Caballería, incorporándose inmediatamente al ejército para cubrir vacantes de sus Armas. Asimismo, llegó a preparar a numerosos soldados de varias promociones para su ingreso en los Cuerpos Facultativos de Artillería e Ingenieros.

Los ocho alumnos que destacaron por su aplicación fueron premiados con un sable de honor por la Junta de Cádiz.

La seguridad de los diputados en la primera sesión de las Cortes Generales.

El primer servicio importante que realizan los soldados del batallón de alumnos de la Academia de Gil de Bernabé tiene lugar el 24 de septiembre de 1810, con motivo del acontecimiento histórico que vive la Villa, que cambiaría el rumbo de la Historia de España.

Los diputados de las Cortes, una vez aprobada la fórmula de juramento en sus correspondientes Casas Consistoriales, se disponen a celebrar la primera sesión de las Cortes Generales de la Nación.

En la Iglesia Mayor Parroquial de San Pedro y San Pablo realizan el juramento de sus nombramientos y después se trasladan al Teatro Cómico de la Villa donde celebran la primera sesión de las Cortes Generales.

En todo momento protegidos por los soldados del Batallón de alumnos de la Academia Militar.

El acto comienza con una procesión cívica por la Isla de León con los 104 diputados (57 titulares y 47 suplentes), vestidos de negro, hasta la Iglesia Mayor Parroquial de San Pedro y San Pablo.

Soldados del batallón de alumnos de la Academia Militar con Tropas de la Casa Real, cubren la carrera por donde desfilan los diputados, siendo aclamados por el pueblo mientras tañían las campanas de la Villa, acompañadas por el tronar de  las salvas de artillería.

En la Iglesia Mayor Parroquial, quedaron constituidas las Cortes Generales  de la Nación ante el obispo de Orense, monseñor Pedro de Quevedo, que también hacía las veces de presidente regente. Los diputados prestan el juramento correspondiente a sus nombramientos sobre el Evangelio y a continuación entonan un solemne Te Deum de acción de gracias.

Acto seguido las Cortes se reúnen en su primera sesión extraordinaria y constituyente en el humilde Teatro Cómico de la Villa, acoplado a tal efecto en forma de hemiciclo, montando una guardia de seguridad los soldados del Batallón de la Academia Militar.

Las Cortes, en su primer decreto proclaman ser depositarias del mandato de la nación y se erigen como poder constituyente, con el derecho a establecer leyes fundamentales, asumiendo la división de poderes y atribuyendo la plena soberanía al rey Fernando VII.

En la calle se levantó un intenso clamor popular, ante la noticia de los decretos promulgados por el primer Congreso Nacional, siendo controlada la muchedumbre por los soldados del Batallón de alumnos de la Academia Militar actuando como fuerzas de orden público.

La intervención estos soldados, sirviendo al Gobierno de la Nación, reportaría ciertas mejoras para la Academia Militar. Con el apoyo económico de la Junta de Cádiz Gil de Bernabé construyó una biblioteca y adquirió unos 1.100 volúmenes, la mayoría obras científicas; puso en marcha una imprenta para los libros de texto y otras publicaciones. Abrió una enfermería y una capilla, donde el capellán impartía educación básica a una sección formada por los huérfanos de guerra más pequeños.

La seguridad de las Cortes Generales en su traslado a Cádiz.

La segunda intervención histórica de los soldados del Batallón de alumnos de la Academia de Gil de Bernabé tuvo lugar en febrero de 1811 para dar protección a las Cortes Generales de la Nación en su traslado a Cádiz

El 18 de febrero, la incipiente epidemia de fiebre amarilla y el inminente peligro que corrían los diputados en caso de que los franceses rompieran el cerco a la Isla de León, precipitó a las Cortes Generales a la búsqueda de un lugar más alejado del enemigo, donde pudieran continuar su labor y, desde donde pudieran huir hacia un puerto libre de la España del otro lado del Océano.

Esto determina la celebración de su última sesión en la Isla de León el día 20 de febrero y, a continuación, su marcha a Cádiz, donde la insularidad y el apoyo de la armada inglesa garantizarían la seguridad de los diputados en sus reuniones.

De nuevo intervienen los soldados del Batallón de alumnos de la Academia Militar para dar escolta a los diputados en su traslado a Cádiz.

Las Cortes continúan las sesiones de trabajo el día 24 de febrero en el Oratorio de San Felipe de Neri de Cádiz, proporcionándoles protección las mismas fuerzas.

Otra vez cuando intervienen los alumnos de la Academia de Militar dando seguridad a los representantes de la Nación hay buenas noticias para el “Maestro de Patriotas”, pues el 1 de marzo la Regencia publica un Reglamento, unificando la instrucción de todos los centros de enseñanza castrense y creando una Escuela Militar en cada uno de los seis Ejércitos para formar a los cadetes de Infantería y Caballería y preparar alumnos para su ingreso en los Cuerpos Facultativos de Artillería e Ingenieros.

El modelo que seguir, con algunas adaptaciones, estaba basado en la experiencia docente, plan de estudios y régimen interior de la Academia Militar de la Isla de León del coronel Gil de Bernabé, que se constituía en la Escuela Militar del 4º Ejército.

La seguridad de las Cortes Generales en la promulgación de la “Constitución de la Pepa”

El 19 de marzo de 1812 nuevamente intervienen los soldados del Batallón de alumnos de la Academia Militar para dar Seguridad a las Cortes Generales de la nación en la histórica sesión que iban a celebrar.

Se trataba de la promulgación de la novedosa Constitución, bautizada con el sobrenombre de “La Pepa”, que redactaron las Cortes Generales de la Nación reunidas en el Oratorio de San Felipe Neri. Su gran importancia histórica radicaba en ser la primera Carta Magna española y una de las más liberales de su tiempo.

Los soldados del batallón de alumnos de la Academia de Mariano, actuando como fuerzas de orden público, con su resistencia y determinación posibilitaron la firma del texto constitucional por parte de los diputados.

Terminado el acto se desplazaron a la Iglesia del Carmen, donde celebraron un solemne Te Deum de acción de gracias, siempre protegidos por las mismas fuerzas.

Ese día, de inclemente temporal, los gaditanos sufrieron la furia de las aguas y de los vientos al pie de los tablados, donde los secretarios de las Cortes se esforzaban en dar lectura al Texto Constitucional.

Numerosos ciudadanos, prácticamente todo el pueblo de Cádiz y de la Isla de León, ignorando el mal tiempo, vitoreaban con gran euforia su advenimiento. Los soldados del Batallón de alumnos de la Academia Militar actuando como fuerzas de orden público posibilitaron que la jornada transcurriera sin desordenes.

Otra vez más la intervención de estos soldados sirviendo al Gobierno de la Nación, actuando como fuerzas de orden público, traería beneficios para su Academia. El coronel Gil de Bernabé, con el alivio económico proporcionado por la Junta de Cádiz practicó varias reformas en el Centro. Entre ellas, el cambio de uniforme y la incorporación el uso de los cordones como distintivo de los alumnos, ostentado por los cadetes de cuerpo según la ordenanza de 1762.

Resumiendo:

Acabamos de ver como la determinación del coronel Gil de Bernabé, de instruir de urgencia hombres para servir como oficiales en los ejércitos de España, movería a los universitarios procedentes del Batallón de Voluntarios de la Universidad de Toledo y de otras ciudades, con su tesón y patriotismo, a influir en la marcha de la Historia.

También hemos visto como en la Guerra de la Independencia estos soldados-universitarios, desde la creación de su Unidad, estuvieron íntimamente ligados al Gobierno legítimo de España.

CONCLUSIONES:

De todo ello podemos sacar las siguientes conclusiones:

1º.- Los soldados del Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, al hacerse acreedores a la confianza del Gobierno, además de atender a sus cometidos militares específicos, serían empleados para su guardia de honor, para la protección de sus miembros en los desplazamientos, para la custodia del Real Erario y para actuar como fuerzas de orden público.

2º.- La importancia histórica del Batallón de Voluntarios de la Universidad de Toledo se encuentra en su legado.

Su herencia continuaría intermitentemente a través de las Milicias Universitarias, que sentarían las bases para la formación de la Oficialidad de Complemento, con un magnífico historial y excelentes resultados, y la actual clase de Reservistas Voluntarios.

Asimismo, propiciaría la unión Ejército – Universidad a través de diversos proyectos docentes; el más reciente, la formación civil y militar de los cuadros de mando del Ejército, terminando sus estudios con la obtención de un título civil además de su despacho profesional.

3º.- Con estos soldados-universitarios se crearía la Academia Militar de Sevilla, considerada como la primera Academia Militar de tipo General de España, que proporcionaría oficiales de todas las armas para ponerse al frente de las tropas españolas en la Guerra de la Independencia.

Su herencia, trasmitida a lo largo de la Historia, llevó a la apertura de sucesivos Colegios-Academias Generales Militares, siendo el último la prestigiosa Academia General Militar de Zaragoza, en 1927, crisol de esencias castrenses donde la oficialidad de nuestro Ejército recibe una esmerada formación militar y civil.

4º.- La simbiosis Gobierno, Universidad de Toledo, Ejército y Academia

Militar de Sevilla en el contexto de la Guerra de la Independencia, con su sentido moral y patriótico, nos recuerda:

              . Que la defensa de la Patria es una tarea colectiva de todos los ciudadanos, aunque el esfuerzo principal corresponda a las Fuerzas Armadas.

             . Que la defensa de la Patria se sustenta, sin lugar a dudas, en el orgullo de una conciencia nacional, en el sentimiento hacia un patrimonio común y en la identificación con nuestra historia.

Valores que están presentes a través de los símbolos de la Nación: Bandera, Escudo e Himno, representativos de su Historia.

Valores que se han mantenido en nuestra tierra a través de los siglos y que poseían los soldados del Batallón Literario de Toledo.

 Esto es lo que hizo vibrar a los jóvenes universitarios toledanos, al unísono con su profesorado, por encima de cualquier diferencia humana, al ser estimulados por su Rector en una Proclama histórica llamándoles a empuñar las armas contra el invasor.

Y esto es lo que movió al Gobierno de España a confiar en ellos para ser empleados para su SEGURIDAD y como FUERZAS DEL ORDEN PÚBLICO.

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REPORTAJE FOTOGRÁFICO

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VÍDEOS DE LA CONFERENCIA

 

 

Conferencia basada en el libro: “GÉNESIS Y HERENCIA DE LA ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA”

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 Acto Conmemorativo del 2º Centenario de creación de la Academia Militar de Sevilla, organizado por la UNAMU, Delegación de Sevilla,

             Los hechos y las circunstancias que rodearon la génesis y creación de la Academia Militar de Sevilla en 1809 constituyen una historia de guerra, de amor, de heroísmo, de patriotismo, de intrigas, de lealtades, de traiciones, de tesón y de superación, dignas de un guión que podría titularse con una sola palabra:  “HONOR”

Honor del Real Colegio de Artillería de Segovia, que con su experiencia docente posibilitó la idea de su primer profesor, el Teniente Coronel D. Mariano Gil de Bernabé, de crear una Academia Militar de carácter general que pudiera formar oficiales de urgencia para participar en la Guerra de la Independencia.

Honor de la Real y Pontificia Universidad de Toledo, que con su idea de formar un Batallón de Voluntarios con sus escolares y profesores para adherirse a la lucha, nutrió de alumnos la Academia.

Honor de los Frailes Franciscanos de San Antonio de Padua que, cuando por avatares de la Guerra, Colegio de Artillería y Batallón de Voluntarios de la Universidad de Toledo buscando una ciudad segura para establecerse y organizarse, respectivamente, confluyeron en la capital de Andalucía, facilitaron la creación de la Academia Militar propuesta por Gil de Bernabé en su Convento, donde nos encontramos, el 14 de diciembre de 1809,  hoy hace 200 años.

En ella llegarían a formarse casi 700 oficiales en un año que intervendrían gloriosamente en la contienda, permaneciendo viva su herencia en la Academia General Militar de Zaragoza y en los Militares de Complemento.

Finalmente, Honor y patriotismo de D. Mariano Gil de Bernabé, que sin dejar la enseñanza en el Colegio de Artillería como primer profesor, dirigió admirablemente la Academia Militar de Sevilla, desplazándose entre el Convento de San Laureano y el de San Antonio de Padua.

 GÉNESIS

Real Colegio de Artillería de Segovia. Institución matriz de la Academia Militar de Sevilla (Director y experiencia docente)

El 4 de mayo de 1808 llegaron a Segovia las noticias sobre la gesta protagonizada por los capitanes Luís Daoíz y Pedro Velarde, ex-alumnos del Colegio de Artillería, dos días antes con motivo de la ocupación francesa de la capital de España.

 La ciudad es ocupada por los franceses a principios de junio, permitiendo al Colegio de Artillería, ubicado en el Alcázar, seguir las clases bajo la dirección del ayudante segundo de la Compañía de Cadetes Joaquín Velarde, hermano del héroe del 2 de mayo.

Pero el día 25, encontrándose el Centro sin oficiales, faltando cadetes y los presentes “expuestos a la impresión de especies seductivas en una población cuyo populacho puede aplaudir sus extravíos” lleva a Velarde a solicitar su traslado a otra ciudad.

Cuando el 23 de julio una columna francesa de 350 hombres con cinco piezas de artillería llega al Alcázar, los cadetes y su director impotentes de rabia y humillación se tragan las lágrimas permitiendo una ocupación pacífica de las instalaciones.

Las clases fueron suspendidas, aunque por poco tiempo, pues al día siguiente tuvo lugar la Capitulación francesa con motivo de la victoria española en Bailén terminando con el mito de “invencibilidad” del Ejército napoleónico.

Los franceses abandonan Segovia y el Colegio de Artillería, consciente de la importancia de la formación de los artilleros que se incorporan a los ejércitos combatientes, abre de nuevo sus puertas el 1 de octubre de 1808.

En noviembre su plantilla de mandos y profesores comienza a completarse con el regreso de su Director, el Coronel Francisco Dátoli y del Primer Profesor, el Teniente Coronel Mariano Gil de Bernabé, destinados en el Ejército del Centro con el general Castaños.

Poco duró la normalidad, porque el día 23 Napoleón llegó a España con numerosos refuerzos y, ante la aproximación de tropas francesas a Segovia, se ordenó la defensa del Alcázar y su director propuso el traslado del Colegio a dependencias del Seminario de Nobles de Madrid.

El día 30, la inminente llegada de una unidad enemiga provocó la evacuación precipitada del Centro. La orden era salir solamente con lo puesto y en la mochila los libros de texto necesarios porque, a pesar de los avatares de la guerra, su carrera “del saber y del honor” exigía continuar con los estudios.

Esa noche el Director, los Oficiales y el segundo Capellán no pudieron dormir, meditando el plan de marcha y repasando las listas y mapas para la hazaña de llevar el Colegio hasta la Capital de España, a pie, en invierno y con unos cadetes que eran niños.

Con las primeras luces del amanecer del 1 de diciembre se inicia la marcha hacia Madrid, con su Director, el primer profesor, cuatro profesores más, cincuenta cadetes y diecisiete abnegados dependientes. Les sigue la familia de Gil de Bernabé, por voluntad de su valiente y patriótica mujer.

Los cadetes, a pesar del madrugón y del frío parten entusiasmados, sin imaginar la aventura que les esperaba, aunque tristes porque faltaban tres días para Santa Bárbara y no tendrían culto ni celebraciones.

Sus profesores, conscientes de la situación de España, con la preocupación e incertidumbre reflejada en sus rostros, dicen adiós a Segovia, rezando por la suerte que les pudiera deparar el destino, comenzando un largo éxodo de jornadas heroicas para establecerse en otra ciudad, que duraría tres meses y medio, recorriendo la Patria de un extremo a otro terminando en Sevilla.

 La infatigable voluntad de los artilleros de mantener su Colegio abierto, a pesar de la Guerra, les llevó a hacerlo en condiciones perentorias, a veces infrahumanas, viajando a pie, con el menor equipaje posible y “vestidos de gala” para llevar consigo lo mejor.

Al llegar a San Rafael, a 40 kilómetros de Segovia, ya iban todos descalzos. Profesores y alumnos comenzaban a vivir las etapas más dramáticas de la historia del Centro en busca de un lugar seguro para continuar las clases, aprovechando las poblaciones en que recalaban, mientras lo permitían las tropas francesas, a veces “pisándoles los talones”.

En Guadarrama, las noticias de que la Corte estaba en poder del enemigo les hizo cambiar de dirección hacia Talavera de la Reina, al llegar a San Martín de Valdeiglesias fueron tantas las penalidades que se vieron obligados a comer gallinas crudas.

La proximidad de las tropas imperiales les obligó a cambiar nuevamente de rumbo, ahora hacia Salamanca donde llegan, tras doce jornadas de penoso caminar, descansando lo imprescindible, solamente para alimentarse con escasos ranchos y dormir la mayor parte de las veces en pajares, tapándose con mantas viejas.      

  El 12 de diciembre se alojan en el Colegio de Santiago y sacando fuerzas de flaqueza comienzan a organizar las clases. El 22, cuando estaban a punto de comenzar, de nuevo tienen que emprender la marcha dejando atrás toda la impedimenta por la llegada de los franceses.

Al atardecer llegan cerca del pueblo salmantino de Aldeaseca, donde solo quedaban mujeres, ancianos y niños, porque los varones se habían alistado para empuñar las armas contra el invasor.

El Colegio decide descansar y pasar la Navidad en este hospitalario pueblo. En Nochebuena, profesores y alumnos, después de limpiar sus polvorientos uniformes y abrillantar su desgastado calzado, asisten a la Misa del Gallo. El sacerdote, en la homilía habla de los dones de la Divina Providencia para conceder mercedes y por unas horas los artilleros y el pueblo se olvidan de los horrores de la guerra.

El Colegio reanuda la marcha el día 26,  dirigiéndose a La Coruña, sitio ideal para establecerse bajo la protección del Ejército Nacional. El 12 de enero de 1809 llegan a Orense, en tan mal estado que sus habitantes les dieron ropas, muriendo allí los cadetes Mariano Sánchez y Josef Coto.

Al tener noticia que los franceses habían tomado La Coruña, emprenden marcha para Sevilla atravesando Portugal. El 29 llegan a Oporto desde donde su Director el 1 de febrero envía un comunicado al Director General de Artillería, Maturana, solicitando se habilite el Convento de San Laureano de Sevilla para establecimiento del Colegio. Cuando arriban a Lisboa, el día 18, Dátoli le envía otro comunicado para prevenir el alojamiento en Sevilla de los cadetes, profesores y dependientes expedicionarios.

El 1 de marzo parten para Huelva donde desembarcan el día 6, emprendiendo la marcha a pie hacia Sevilla. Llegan el 14 con 7 profesores, 49 cadetes y 17 dependientes, después de unas extenuantes y heroicas jornadas, soportando innumerables fatigas y privaciones a  pesar de la corta edad de los alumnos. Se instalan en el Colegio del Convento de San Laureano.

En esta ciudad se mantuvo el nivel de estudios, incluso se mejoró ya que profundizaron en la ciencia y técnica artillera al tener a su disposición la prestigiosa Fundición de Cañones de Bronce y la principal Maestranza de Artillería de España.

Después de unos días de merecido descanso, el alumnado se completa hasta 150 plazas con los cadetes de Segovia en régimen externo y jóvenes de Sevilla entre 14 y 16 años y se reanudan las clases.

En mayo se reconocen otros edificios de la ciudad para su traslado por quedarse pequeñas las instalaciones, principalmente el Convento de San Antonio de Padua.

Algunos profesores siguieron actualizando los textos y se reclamó a algunos prestigiosos antiguos docentes que estaban sirviendo en el Ejército de Andalucía para incorporarse a la Academia.

 Su primer profesor, Don Mariano Gil de Bernabé todavía hizo más creando una Academia Militar de carácter general el 14-XII-1809 en base al Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, que ya se encontraba en Sevilla cuando llegaron.

REAL Y PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE TOLEDO

Base del alumnado de la Academia Militar de Sevilla

La formación de este Batallón comienza a gestarse cuando los ecos de los tristes sucesos del 2 de mayo de 1808 resuenan en la Ciudad Imperial, uniéndose su Universidad a la causa común para luchar contra el invasor proponiendo la creación de una unidad militar con sus profesores y alumnos.

El Rector, consternado por los acontecimientos, el día 21 coloca una “Proclama” de gran contenido patriótico en la fachada principal del soberbio edificio docente. Invitaba a sus alumnos a alistarse en el “Batallón Universitario de Honor” que se constituiría inmediatamente para combatir a las tropas invasoras,

La Universidad, conmocionada por el doloroso trance que atravesaba España, el 14 de agosto celebra un Claustro General de Doctores y Maestros en Arte para estudiar la propuesta de varios profesores, mostrando un ferviente deseo de colaborar en su defensa.

A continuación se dirige a la Junta Provincial ofreciendo sus servicios con dicho batallón. A pesar de no tener contestación, sigue trabajando en el plan y convoca un nuevo Claustro para el día 17. En él se exponen las ofertas de algunos claustrales para incrementar los caudales de la Universidad, ofreciendo vestuario, honorarios profesionales y  mantener a sus expensas, vestidos y armados a algunos familiares.

El Plan del Cuerpo de Voluntarios de la Universidad de Toledo, que carecía de antecedentes históricos, ante la inseguridad de la Junta Provincial para controlar la situación, es aprobado cuatro días después, así como la propuesta para crear, formar  y financiar un Cuerpo para la defensa de la Junta Suprema, con sus alumnos y los profesores como mandos naturales.

 Ambos planes son sometidos inmediatamente a la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino, que acababa de constituirse en Aranjuez el 24 de septiembre.

A la vez comienza el alistamiento, que ante la llamada de su Universidad con tan loables fines, unos 300 estudiantes toledanos se apresuraron a cambiar los libros por el fusil y las aulas por el campo de instrucción de la Vega y los Alijares,

En el Claustro del 4 de noviembre se forma el Cuerpo de Voluntarios y se redacta la Proclama de Privilegios. En el del 25 se trata sobre su organización alistamiento y armamento. El 28 es visitado por la Junta Central Suprema.

El 2 de diciembre los acontecimientos bélicos precipitan la decisión de la Junta Central de trasladarse a Sevilla por seguridad, pernoctando en Toledo.

El 3 de diciembre se establece la organización y mandos del Batallón, con una composición de 4 compañías de 150 hombres cada una, más los mandos.

La Unidad, tan unida a la Junta Suprema, el 4 de diciembre, todavía en proceso de formación e instrucción, recibe orden de desplazarse dándole escolta, cuando solamente se habían alistado unos 340 hombres. En este momento, al asumir la responsabilidad de proteger los caudales públicos y objetos religiosos de gran valor, como la custodia de Arfe, adquiere por méritos propios el título de Batallón de Honor.

Con gran penuria y opresión hace la penosa retirada a las “Andalucías”, recibiendo expresivas muestras de gratitud por los pueblos de paso, llegando al amanecer del día 19 a Hinojosa de Córdoba donde “fueron alojados por los vecinos voluntariamente y obsequiados a porfía”.

Cuando el reducido y mal pertrechado Batallón llega a Carmona el día 21 se encuentra con instrucciones de la Sección de Guerra de la Junta Central para incorporarse al Ejército de Extremadura pasando a las órdenes del General Josef Galluzo.

Retrocediendo hacia su destino, el día 23 en Córdoba su Gobernador no pudo armarle, a pesar del gran deseo que le animaba “respecto a no tener proporción de armas, ollas de campaña, camas y demás útiles que necesita, que no pudo sacar de la ciudad de Toledo”. No obstante, alguien de la Universidad colaboró con la mayor eficacia confeccionándole 130 vestuarios.

En esta ciudad la orden se deja sin efecto, disponiendo la marcha del Batallón a Sevilla para completarse, organizarse, equiparse y tomar armas antes de incorporarse a dicho Ejército, llegando a Carmona el día 30.

En la Nochevieja de 1808 entra en Alcalá de Guadaira, donde sus componentes son vitoreados y agasajados por el pueblo, y el clero y la nobleza desplazados desde Sevilla, siendo obsequiados con pan de excelente calidad.

Llega a Sevilla en la mañana del día 3 de enero de 1809, acuartelándose en el Convento Franciscano de los Terceros, con una fuerza de 240 hombres al mando del Sargento Mayor graduado de Teniente Coronel Don Bartolomé Obeso.

Los escolares, una vez instalados, a la vez que se  completaba el batallón y se llevaba a cabo su equipamiento, sin tiempo para el descanso comenzaron la Instrucción básica del combatiente, entrenándose en el manejo de las armas y en la Táctica de la Infantería.

El ánimo de los integrantes del Batallón hizo que progresaran rápidamente, hasta el punto que a los dos meses de estar formado el Cuerpo, ya con 400 efectivos, según se recogió en el Acta del Claustro General de la Universidad de Toledo del 4-09-1815 para emitir un informe sobre sus progresos durante la revolución:

 “maniobraba con el conocimiento y exactitud que el mejor veterano, mereciendo por ello el honor de que los Generales, y hasta el Gobierno mismo, presenciase repetidas veces sus ejercicios y le diese públicos testimonios de su satisfacción, entre otros el de consolidarle sus privilegios y distinciones, y como a estas circunstancias unían aquellos jóvenes un amor decidido por su Rey y la felicidad de su Patria, consideró la Junta Suprema Central el Cuerpo que formaban como un baluarte inexpugnable a la intriga, haciendo siempre confianza en él en las convulsiones de Sevilla; esperanza a que correspondió la experiencia durante todo el tiempo de su estancia en aquella capital y en el desempeño de su guarnición”.

La Junta Central, al comprobar que los universitarios toledanos eran leales al Gobierno legítimo, eligió a los mejores para su guardia de honor en el Alcázar y como fuerzas de orden público contra la intriga propia de una ciudad que pronto se vería sitiada.

Profesores y estudiantes con el mismo uniforme y sometidos a la recia disciplina de la guerra, compiten en servicios de armas y penosos trabajos con las tropas veteranas, siendo conocidos y muy apreciados por la población.

La aplicación y pericia militar de que hicieron gala los universitarios se hizo pública y notoria resolviendo la Junta Suprema que a los componentes del Batallón se les diera el tratamiento de “Don”, la consideración de “Distinguidos” y el uso de una “espada o sable” distintivo y uniforme para todo el Cuerpo.

En el mes de agosto el Batallón quedó completado con 643 hombres. Ante la falta de espacio en el Convento de los Terceros fue preciso buscar alojamiento en otro lugar, trasladándose parte de él a dependencias del Convento Franciscano de San Antonio de Padua.

Cuando ya estaba al completo, uniformado, equipado e instruido para servir en el Ejército de Extremadura, en vez de partir a su destino, recibió orden de permanecer en Sevilla al hacerse realidad la idea del Teniente Coronel Gil de Bernabé, de crear una Academia Militar.

  LA ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA

 Origen de las Academias Militares Generales y de la Milicia de Complemento

La Academia Militar de Sevilla se estableció en el Convento Franciscano de San Antonio de Padua, cuyas instalaciones habían sido reconocidas para  traslado del Colegio de Artillería, por haber quedado pequeñas sus dependencias en San Laureano, y elaborado el proyecto correspondiente al encontrarlo apropiado para formar una academia con poca inversión.

Y Aunque el Colegio de Artillería no se trasladó, el proyecto no fue estéril porque fue aprovechado por la Academia Militar creada por su Primer Profesor el 14 de diciembre de 1809 con 117 escolares del Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo,

El Convento colaboró, manifestando sus frailes que se “sacrificarían a beneficio de la causa pública” en la instancia cursada a Su Majestad el 6 de junio de 1809, franqueando la enfermería y celdas.

La inauguración tuvo lugar el día 16, con un discurso lleno de ideas luminosas pronunciado por su director, persona instruida y con grandes dotes para la enseñanza, que hacía tiempo se lamentaba de la falta de oficiales y mandos subalternos bien preparados en el Ejército.

Para remediarlo había ideado el proyecto de crear Academias Militares de urgencia, sacando los alumnos entre los universitarios, por sus excelentes cualidades a los que les sobraba valor pero les faltaba preparación militar, obteniendo aprobación de la Junta Central, después de varias propuestas, el 14 de octubre de 1809, con estas palabras:

“Ha visto con complacencia la Junta Suprema de Gobierno cuanto Vd. propone lleno de afán e ilustrado ardor por la buena causa en su papel del 6 del corriente, sobre la necesidad de aumentar nuestros ejércitos en todas las armas, con proporción a las circunstancias y apuros en que nos encontramos, creando para ello 8.000 oficiales y se ha servido aprobarlo en todas sus partes, admitiendo igualmente la generosa y patriótica oferta de instruir 40 o 50 alumnos en los elementos y demás  que se requiere para ser buenos oficiales, bajo la dirección y acuerdo del Sr. Marqués del Villar .

El equipamiento de primera necesidad pudo lograrse por el generoso ofrecimiento de la Real Maestranza de Artillería y de algunos particulares, como el Coronel retirado D. Joaquín Cavalleri. Otros se ofrecieron gratuitamente para auxiliar en la enseñanza, como el profesor de matemáticas de la Sociedad Económica de Amigos del País Don Juan Acosta.

 El profesorado fue elegido entre los jefes y oficiales, sacerdotes, paisanos e, incluso, soldados altamente cualificados. El Observatorio de San Fernando le cedió algún profesor de Matemáticas y el soldado Juan Vila del Olmo fue profesor de inglés.  Su Jefe de Estudios, el inteligente Teniente Coronel don José Ramón Mackenna fue el autor del texto de Táctica sublime que se impartía en el centro.

En la entrada de la Academia ondeaba orgullosa la Bandera Blanca del Batallón toledano, que ya empezaba a conocerse con el cariñoso apelativo de “La Universitaria”.

El trabajo agotador de su director y profesorado era compensado con la laboriosidad y el deseo de aprender de los alumnos. Este llegó a tal punto que se prohibió estudiar más tiempo que el previsto en el programa, porque el ánimo de superación de los estudiantes era tan grande que algunos enfermaron del sobreesfuerzo.

Fue encomiable el comportamiento de estos cadetes, ayudando económicamente a la Academia con parte de sus ranchos para adquirir libros y pizarras y compaginando el plan de estudios con los servicios propios del Batallón y con servicios de armas, tan necesarios para la defensa de la plaza, combatiendo en los alrededores de Sevilla.

De esta forma se puso en marcha en Sevilla una Academia Militar, con el único gasto para la Nación del haber del soldado, que produciría brillantes Jefes de todas las Armas para los Ejércitos españoles.

El 10 de enero de 1810 ya contaba con 120 alumnos habiéndose sumado a los soldados del Batallón de Voluntarios de Honor, 6 Distinguidos del Real Cuerpo de Artillería, 1 cadete de infantería y 2 paisanos.

Poco tiempo estaría en Sevilla porque el enemigo invadió Andalucía el 20 de enero obligando al Gobierno Supremo a abandonar la Capital para trasladarse a Cádiz.

El Batallón toledano se incorpora al Cuarto Ejército en la Isla de León  y la Academia tiene que cerrarse, destinándose sus efectivos a la defensa de la ciudad. Antes de hacerlo, su director promueve a los 20 más distinguidos a oficiales. Y da a los alumnos una lacónica pero interesante lección que les serviría para toda la vida, muy apropiada para aquella crítica situación:

Si los paisanos huyen, no deben huir los soldados y menos, los que como vosotros se educan para oficiales. Yo estoy a la cabeza de la Academia, mientras nos manden obedeceremos y cuando esto nos falte haremos lo que nos dicte la razón y el honor”.

Los alumnos, enardecidos con la arenga de su director, respondieron al unísono: “A las órdenes de nuestro Director arrostraremos con placer los mayores peligros”.

Su misión era proteger la batería que defendía el barrio de Triana, permaneciendo en este servicio hasta las cuatro de la mañana del día 30 que se retira a Castilleja de la Cuesta por la llegada de los franceses.  Estos ocupan Sevilla y utilizan el Convento de San Antonio de Padua como cuartel. Emplean los magníficos y valiosos arcones de caoba de la sacristía, conservados en la actualidad, para pesebres de sus caballos y mulas. Y cuando evacuan la ciudad dejan las instalaciones arruinadas, llevándose cuanto pueden de valor.

Entre las imágenes y objetos de arte expoliados destaca el magnífico retablo del altar mayor, que sería remplazado por uno del siglo XVIII, de menor riqueza artística y ornamental, procedente de la iglesia de San Felipe Neri,

La Academia, en Castilleja recibe orden de escoltar al convoy con los caudales públicos gestionados por la Junta Suprema. Se dirige al condado de Niebla y llega a Ayamonte el 5 de febrero, donde es disuelta.

Restablecimiento en la Isla de león

Embarca hacia Cádiz y a continuación recibe orden de marchar a la Isla de León (San Fernando), alojándose el día 26 en “la Casa de los Jóvenes de la Marina” situada en la población militar de San Carlos. Allí, Gil de Bernabé continuando en su afán de formar oficiales y movido por un gran celo profesional, solicita al Consejo de Regencia la reapertura de la Academia, que es autorizada el 21 de maro.

 La Junta de Cádiz se declaró su protectora, donándole 20.000 reales durante varios meses para potenciar sus infraestructuras y la organización de los años siguientes. También regaló a los ocho alumnos distinguidos en los  primeros exámenes un sable de honor con la inscripción: “La Junta de Cádiz a los sobresalientes de la Academia Militar en 1810”.

Restablecida la Academia en San Fernando con la denominación Nacional y Patriótica Academia Militar de la Isla de León, el 3 de enero de 1812 cambiaría su nombre por Escuela Militar del Cuarto Ejército.

Ocupa los pabellones “del Hospital” de la población de San Carlos a primeros de abril, quedando los alumnos más jóvenes en régimen de internado y el resto acuartelados o acampados.

En mayo la Academia, bajo la dirección de Gil de Bernabé, vuelve a cobrar auge, sumándose a los 150 escolares de Toledo, cadetes y subtenientes del 4º Ejército, para perfeccionamiento de su instrucción, cadetes del Colegio de Artillería y distinguidos de la Real Maestranza de Ronda.

Los alumnos, que comenzaron usando el uniforme que tenían en Sevilla, adoptaron uno nuevo, consistente en casaca corta de paño color azul, solapa curva, collarín y vuelta encarnados con ojales en los tres puntos de estambre blanco; forro vivo blanco, chaleco, corbatín y pantalón del mismo color.

Empezaron compaginando los estudios con la defensa de la plaza que, cercada por los franceses, era el último baluarte de resistencia española, defendida por el 4º Ejército.

Cádiz, que resiste el asedio del Mariscal Víctor durante dos años y medio, se convierte en un símbolo de la resistencia nacional a la invasión gala, constituyéndose en la capital de la España no ocupada, sede de la Regencia y de las Cortes liberales y la Academia Militar, con su Batallón de estudiantes, de nuevo sirve al lado del Gobierno legítimo interviniendo en combates decisivos.

Al Batallón de Alumnos se concede el uso de la Bandera  LA UNIVERSITARIA”, que se cubriría de gloria durante la Guerra. Su entrega a la Academia constituyó una efeméride importante como colofón a la institucionalización de la misma, realizándose en un solemne acto celebrado en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas el 10 de Julio de 1810 por el Obispo de Sigüenza, Don Pedro Bejarano, en representación de las Cortes de Cádiz.

La enseña perduraría hasta la disolución de la Academia en 1823. Posteriormente se vincularía con los Colegios Generales hasta 1850 a pesar de la implantación de la enseña roja y gualda en 1843, acreditando la indisoluble unión que debe existir siempre entre las Armas y las Letras, entre la Milicia y la Universidad, unión sellada heroicamente a lo largo de la Historia con la sangre de los soldados universitarios profesionales y de los universitarios soldados de complemento. Es la primera Bandera de las Academias Militares que se conserva en el Museo del Ejército.

En agosto se celebraron los primeros exámenes, donde los alumnos demostraron su excelente preparación. El Gobierno, al tener noticia del éxito, dispuso la incorporación de otros 300 componentes del Batallón de Voluntarios de Honor a la Academia para comenzar el adiestramiento. Su fama de estudiosos y disciplinados era tal que solo el hecho de ser universitarios de Toledo era mérito suficiente para ser admitidos en la Academia.

El batallón quedó tan reducido que, no pudiendo completarse de nuevo con otros individuos que reuniesen las cualidades previstas en la constitución del Cuerpo, fue extinguido en el mes de septiembre, agregando los que habían quedado al Ejército, en clase de distinguidos, y la mayor parte de su oficialidad a la Academia. D-29 (3)

A finales de 1810 fue la época de mayor esplendor del Centro. Prosperó tanto que llegó a tener 647 alumnos de Infantería y Caballería, promovidos a subtenientes. Como también siguieron sus estudios los alumnos del disuelto Colegio de Artillería, adiestrándoles Gil de Bernabé en los conocimientos propios de su Arma, de ella salió un excelso plantel de oficiales de los Cuerpos Facultativos.

LA HERENCIA

La Academia Militar de Sevilla, fundada para la formación de universitarios, conocida como la Academia de “Los Gilitos”, en honor al apellido de su Director, aunque de vida efímera en esta ciudad, fue muy fructífera.

Restablecida en la Isla de León para formación mixta de universitarios y cadetes de cuerpo, constituida como Escuela Militar del Cuarto Ejército, serviría de modelo con su experiencia docente, plan de estudios y régimen interior para la creación en marzo de 1811 de una Escuela Militar en cada uno de los seis Ejércitos para formar Cadetes de Infantería y Caballería.

En enero de 1812, cuando cambió su denominación a Escuela Militar, con la mejora económica proporcionada por la Junta de Cádiz y el entusiasmo de su Director y del Sargento Mayor se practicaron varias reformas y el Batallón Universitario, con su resistencia, posibilitó que los diputados firmasen la Constitución de la “Pepa”.

Evacuación a Granda

En 1820 fue evacuada al pueblo de Murtas, en las Alpujarras, a causa de la entrada en España del cuerpo de ejército francés conocido como Los cien mil hijos de San Luis, enviado para auxiliar a Fernando VII ante la oleada liberalizadora del país. Temerosa de que dicha incursión se convirtiera en una segunda invasión de España, le llevó a buscar un lugar apartado y seguro para continuar su labor.

Allí permaneció con un número reducido de profesores y alumnos hasta el 16 de agosto de 1823 que volvió a la capital, tras la rendición del Ejército de Andalucía.

Cuando el Centro se estaba reorganizando, una vez restablecido el poder absolutista Fernando VII, recordando el apoyo prestado por el Colegio al pronunciamiento de Riego, el 27 de septiembre de 1823 se ordena su disolución, después de 14 años de funcionamiento, con la satisfacción del deber cumplido, contribuyendo a defender los ideales de libertad de la Constitución gaditana y haber formado a más de 800 oficiales.

Entre ellos se encontraba el Subteniente de Infantería, posteriormente de Ingenieros, Don Baldomero Fernández Espartero, que llegaría a ser Capitán General del Ejército, obtener los Títulos Nobiliarios de Príncipe de Vergara, Conde de Luchana y Duque de la Victoria, líder del Partido Progresista y Regente de España durante la minoría de edad de Isabel II.

A pesar de su corta vida dio sus frutos a largo plazo. La unión Ejército-Universidad propiciada, continuaría intermitentemente a lo largo de la Historia de la Enseñanza Militar a través de diferentes proyectos docentes, como las Milicias Universitarias, estableciendo las bases para la formación de la Oficialidad de Complemento que ha dado tan magnífico historial y excelentes resultados.

Muchos de estos militares-universitarios mostraron un heroico comportamiento, derramando su sangre en los campos de batalla, honrando las proféticas palabras de su maestro Gil de Bernabé de que “entre ellos saldrían no sólo excelentes mandos de Sección y Compañía sino que, incluso, los habría que llegasen a Jefes y aún hasta Generales”.

Algunos, incluso, se hicieron acreedores a la más alta condecoración concedida en acción de tiempo de guerra, la Cruz Laureada de San Fernando.

El alto prestigio de que gozaba la Academia Militar de Sevilla se basaba en el carácter “general” de la enseñanza militar, dotado de un sistema de formación para los cuadros de mando con un solo plan de estudios, ejercitándose en contabilidad de unidades y en ejercicios y evoluciones de todas las Armas y en el que la Táctica general era ciencia enseñada primera vez en España.

Gracias a este plan, sus alumnos adoptaron una comunidad de doctrina, suprimiendo las rivalidades entre las diferentes Armas y la convivencia fomentó un mayor compañerismo y unión entre los mandos de distintas procedencias que allí se formaban.

Su herencia, llevó a la apertura del Colegio General Militar en el Alcázar Segovia en 1824 para cursar las carreras de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros, al que remitieron todo el material útil para la enseñanza que tenían los colegios militares extinguidos. Su director fue el General Venegas y el subdirector  el Coronel Mackenna, que también lo había sido de la Academia Militar de Sevilla.

A la del Colegio  de Todas las Armas en Madrid, en 1837, para los aspirantes a oficial de cualquier Arma del Ejército, siendo restablecido por su director,  el prestigioso Conde de Clonard con el anterior nombre de Colegio General Militar. Al Colegio General Militar de Toledo, en 1846, en dependencias de diversos hospitales. A  la Academia Militar General de Toledo, en el Alcázar, en 1882, de cuyas aulas saldrían los mejores Oficiales de la segunda mitad del siglo XIX.

Y a la prestigiosa Academia General Militar de Zaragoza, en 1927, crisol de esencias castrenses, donde recibe una excelente formación la oficialidad de nuestro Ejército en la actualidad.

La Academia Militar de Sevilla, considerada la primera Academia Militar de tipo General, por los relevantes servicios prestados a la Patria durante la Guerra de la Independencia, ocupa un lugar privilegiado en la Historia de la Enseñanza Militar en España.

 Don Mariano Gil de Bernabé

Fundador y  Director de la Academia Militar de Sevilla

Para concluir haremos una breve biografía de su fundador y director, Don Mariano Gil de Bernabé que, con el Batallón de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo, está considerado  precursor de la Oficialidad de Complemento.

 Hijo de Juan Jerónimo Gil de Bernabé, Regidor perpetuo de la Ciudad de Daroca, y de Manuela Ibáñez, de estirpe noble, nació el 14 de octubre de 1765 en la villa turolense de Báguena. Descendiente del alcaide heroico defensor del castillo de Báguena, Miguel de Bernabé, en 1363, según reza en el lema del escudo de armas de su linaje.

El 16 de junio de 1808, ante la invasión francesa, se incorpora como Graduado de Teniente Coronel al Ejército de Castilla la Vieja y el 24 de agosto el General Cuesta, en atención a los méritos contraídos, le concede dicho grado en propiedad, encomendándole diversos servicios relevantes y penosos.

En noviembre es destinado al Ejército del Centro donde toma parte, principalmente, en la Batalla de Rioseco en una célebre jornada atravesando las líneas francesas y en la retirada de Logroño.

Su sensibilidad y altruismo, ante las penalidades que estaba pasando el pueblo como consecuencia de la guerra, le llevó a ofrecer la tercera parte de sus bienes para las viudas y huérfanos de los defensores de Zaragoza.

Incorporado al Colegio de Artillería de Segovia como Primer Profesor tiene que evacuarlo a Sevilla, donde concibe la idea de crear Academias Militares de todas las Armas con estudiantes universitarios con el fin de instruir 8.000 oficiales para los Ejércitos combatientes contra Napoleón, bajo la protección y dirección de un vocal de la Suprema Junta Suprema.

El 2 de diciembre de 1809 es promovido a Coronel y el 14 es nombrado Director de la propuesta Academia Militar.

Colabora con su Centro eficazmente en la defensa contra los franceses y el 31 de enero de 1810, siendo Comandante de Artillería en un sector de la defensa de Sevilla, al capitular la plaza se repliega hacia Cádiz con todos los oficiales bajo su mando y los de Artillería que encontró en el camino.

El 15 de febrero llega a Cádiz con 26 de los primeros y más de 100 de los segundos, pasando a la Isla de León, donde restablece la Academia Militar.

Es nombrado nuevamente su director, concurriendo con su Batallón a todas las alarmas y llevando el peso de la dirección General de Artillería como oficial de la secretaría, planteándosela casi sin recursos ni antecedentes, ya que toda la documentación había quedado en Sevilla.

A pesar de la grave enfermedad que le iba debilitando progresivamente, pasó los últimos meses de vida supervisando las clases y exámenes y terminando su trabajo titulado “Ensayo sobre la metralla”. 

En esta época cobra protagonismo su mujer Doña Petra Ramos que, a pesar de ser rica, por su patriotismo a imitación de su marido y por la determinación de seguirle, habiéndole sido secuestrado todos sus bienes en Segovia, se encontró con ocho hijos y a punto de dar a luz el noveno, en situación angustiosa al carecer de recursos ante una posible situación de orfandad.

Doña Petra había decidido seguirle en la noche del 30 de noviembre de 1808, cuando se provoca la evacuación precipitada del Colegio de Artillería de Segovia. En esta ciudad, donde tenía sus Mayorazgos, le habían ofrecido el levantamiento del secuestro general si regresaba y le libraron dinero para el viaje, pero en su lugar se aprovechó de él para seguir a su marido hasta Sevilla con siete hijos y dos amas, llevando a cuantos quisieron acompañarla, y después a la Isla de León.

Viéndose aquí en la indigencia se dirigió a Su Majestad ofreciéndole el celo, laboriosidad, conocimiento y patriotismo de su marido y los ocho hijos a la Nación, que para ella eran una carga y un desconsuelo al no poderles dar la educación apropiada, solicitando pensión de 1.000 ducados de vellón recayendo en los que quedasen sin acomodar y dejándola durante dos años en beneficio de la causa pública.

Agravada la dolencia de Gil de Bernabé por su completa dedicación docente, murió el 23 de agosto de 1812, a los 44 años de edad, causando un profundo pesar en profesores y alumnos de la Academia por su elevado prestigio y altas dotes para la enseñanza y ejercicio de la profesión militar.

Estos constituyeron un modelo a seguir por sus discípulos, que en prueba de gratitud cuando fue enterrado en la Iglesia de la Purísima Concepción le dedicaron una lápida de mármol, siendo instalada por la Academia Militar del Cuarto Ejército en lugar preferente cerca del altar en la Antecapilla de Levante con el siguiente texto:

  “TRANSMITE A LA POSTERIDAD LA MEMORIA- QUE EN ESTE LUGAR DEDICÓ –LA ACADEMIA MILITAR DEL CUARTO EJÉRCITO- A SU FUNDADOR EL CORONEL DE ARTILLERÍA- D, MARIANO GIL DE BERNABÉ,       DÍA XXIII DE AGOSTO DE MCCCCXII”.

Cuando en 1982 se realizaron las obras para embellecer “El Panteón de Marinos Ilustres”, en que se había transformado el templo, donde reposan los restos de los personajes más relevantes de la Historia de la Armada Española, detrás de la placa aparecieron los restos de Gil de Bernabé.

Considerándose un honor que el ilustre militar reposara en lugar tan privilegiado, en un hecho sin precedentes, se ordenó dejar lápida y restos en el lugar de su enterramiento original, siendo único militar del Ejército de Tierra que reposa en él.

Por su labor, D. Mariano Gil de Bernabé, desde su fallecimiento tiene un puesto de honor a la cabeza de los escalafones del profesorado militar de España en general y de la Artillería en particular.

En los actos que hoy celebramos también queremos rendir homenaje al ilustre profesor con el descubrimiento de una placa conmemorativa en el compás de este convento, donde hace 200 años creó la ACADEMIA MILITAR DE SEVILLA.

Reportaje Fotográfico